1 de June de 2010 00:00

Viva el fútbol

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Jacobo Zabludovsky

El mundo se mete en una pelota. Todo junio será el mes del fútbol. El Mundial es un fenómeno al que nadie escapa. Se sumergen en él los aficionados de hueso colorado, los que recuerdan cada gol, cada castigo, cada resultado final, lugares y fechas, colores del uniforme y capacidad del estadio. Pero se contagian también los indiferentes, los que gritan su desinterés y protestan por el alboroto y hasta quienes desde las alturas de su pedantería voltean a ver por encima del hombro la repentina algarabía .

No soy fanático del fútbol. No sé de estadísticas, mucho menos de reglamentos ni propósitos del que pita el silbato. No sé cuando es ‘faul’ ni cuando tiene que dispararse un penalti. Lo olvidé. Más allá de que son 11 en cada equipo el resto es un misterio. He vigilado al señor de negro para entender cuando detiene y echa a andar su cronógrafo para decidir cuantos minutos agrega a los 45 (esto sí lo sé) reglamentarios.

Pero llevo dentro de mí, como una fiesta, el recuerdo del fútbol sin reglas que jugamos casi desde que aprendí a caminar. El balón de trapos amarrados con mecate. El partido en el patio de la vecindad, entre palos de tendedero que servían de marcos.

El fútbol envuelve, abraza, une. Identifica como amigo a quien lo ha jugado en Calcuta con quien lo disfruta en Atenas. Es la única epidemia sana que sufre la humanidad. Crea ídolos populares surgidos de los lugares más olvidados de la Tierra. Un mexicano, Hugo Sánchez, el único ganador por cinco años consecutivos del pichichi, en España al premio del mejor goleador. Un negrito de Brasil ha hecho célebre su nombre, Pelé, como gran jugador, primero, y como hombre de bien, después. Y un arrabalero, Maradona, contrarresta con laureles recogidos en el césped los efectos de otras yerbas.

Estuvimos en la inauguración del estadio Azteca, el mejor en su época, y del olímpico de Ciudad Universitaria, construido como cráter en la piedra volcánica y enriquecido con la plástica de Diego Rivera.

Llega junio y otra atmósfera envuelve a la del planeta, creando una distorsión de la realidad real para llegar a otra que parece ficticia pero que durante un mes es tan real o más que la cotidiana. Durante junio estamos encerrados en una burbuja a veces nostálgica, evidentemente mercantil, esencialmente deportiva, siempre comparable a las guerras de las que el fútbol hereda sus verbos: atacar, vencer, derrotar.

Los griegos, que no jugaron fútbol, ‘nobody is perfec‘t’, contaban el tiempo por olimpiadas cada cuatro años, a partir de un solsticio de verano, y durante sus juegos se suspendían los conflictos bélicos. El fútbol convoca a más público en el mundo que las olimpiadas modernas.

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