Gonzalo Maldonado

La virtud aristotélica

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@GFMABest

¿En qué consiste la virtud? Para Aristóteles, llevar una existencia virtuosa significaba hacer lo correcto y, además, hacerlo bien, hacerlo con primor. La virtud tenía, por tanto, un componente estético: si obramos bien –si nos empeñamos en perfeccionar nuestras acciones en cualquier ámbito– el resultado de nuestros actos también debería producir belleza.

Vivir virtuosamente significaba, por ejemplo, obtener triunfos deportivos sin hacer trampa. Lanzar el disco o la jabalina lo más lejos posible, con base en movimientos perfectamente limpios y sincronizados era una forma de cultivar la belleza –y la virtud-.
Hablar y vestir correctamente era otra forma de virtud para los antiguos griegos. Por ejemplo, se creía que la limpieza y la pulcritud física eran síntomas de claridad y nitidez en el pensamiento. Para hablar en el ágora no solo era necesario utilizar un lenguaje pulido y preciso, sino también lucir una toga inmaculada.

Había que hablar con buena dicción para que todo el mundo pudiera escuchar y entender lo que se decía, pero había que hacerlo sin afectación, sin pretender ser lo que uno en verdad no es.

El aplomo también era un elemento clave: mientras más calma y seguridad pudiera transmitir la retórica del orador, más escuchado y valorado sería por su audiencia. Esta serenidad era más apreciada cuando el tema tratado era espinoso y difícil. La cultura griega siempre ha cultivado los contrastes, porque mediante el contraste las cosas se ven más nítidamente.
Pero los griegos también entendían a la virtud como la capacidad de una persona para diferenciar el bien del mal y optar sistemáticamente por lo correcto. ¿Cómo diferenciar el bien y el mal en situaciones caóticas como una guerra o en donde entran en juego grandes intereses políticos –como el destierro de un personaje importante– o cuando se decide el destino de una propiedad enorme?

Los griegos de la antigüedad no entraron en demasiadas especulaciones metafísicas. Si una persona educa su mente y su cuerpo a obrar correctamente –a hacer bien sus tareas– desarrollará una capacidad innata –una segunda naturaleza– para optar por el bien. La virtud entonces se convertirá en una suerte de sexto sentido que le indicaría a uno el camino del bien, reconociendo la belleza de sus actos o, incluso, experimentando una sensación bella o de bienestar.

Detrás de esta noción de virtud está la idea de que el bien y el mal no son conceptos socialmente construidos, sino que son elementos tan reales de la naturaleza que incluso somos capaces de sentirlos y hasta de palparlos. Este es, con toda seguridad, el aporte más importante que la civilización helénica pudo haber hecho a la cultura occidental.