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29 de agosto de 2014 00:00

Nada de eufemismos: soy viejo, no “adulto mayor”. La nueva terminología oculta una etapa en la vida de todo ser, la de la vejez. Es la época de la vida en que se puede disfrutar de las cosas pequeñas de una manera pausada, tranquila, en muchos casos con el orgullo del deber cumplido. Ser mayor de 60 años no significa ser un estorbo para la sociedad. Al contrario, la experiencia y los conocimientos son fuentes de inmensa riqueza, que ayudan a no caer en los errores cometidos por el ímpetu juvenil. La juventud es “una enfermedad que se cura con el tiempo”. La vejez se supera con la muerte. Por ello, en esos últimos años de vida debería aprovecharse más intensamente las cosas hermosas, y entregar los conocimientos a la sociedad.

Las ideas expuestas se me vinieron a la mente, luego de leer la obra escrita por Marco Proaño Maya, titulada ‘Seguridad Social y Sociedad Democrática’. Allí se encuentran análisis profundos y datos muy interesantes respecto de los viejos. El autor dice que según un estudio de la Cepal, “Ecuador es uno de los países que tendrá un proceso de envejecimiento más acelerado (en la región). En el 2040, el número de adultos mayores será igual al número de menores de 15 años”. En Europa, después de 10 años, 2 de cada 5 personas tendrán más de 60 años. ¿Habrá que “desperdiciar” esa sabiduría, mandándoles a la casa, “beneficiados” con una pensión jubilar? Rosa Montero, citada por Proaño, afirmó que “una de las mayores injusticias del mundo actual es lo difícil que significa llegar a ser viejo, en una sociedad que ya no admira las proezas de la longevidad”.

La legislación ecuatoriana emplea otro eufemismo al referirse como “derecho a la jubilación”, cuando ese “derecho” es una “obligación” al cumplirse cierta edad. La Disposición Transitoria 25 de la Constitución ordena que la “jubilación para adultos mayores se aplicará de modo progresivo”. A los viejos se les envía a guardar su experiencia, adquirida por el transcurso del tiempo, una vez cumplidos 65 años de edad (175 Ley Seguridad Social). Pero según esta Ley (185), aquellas personas que así lo “deseen” o las “circunstancias” lo ameriten, lo harán a los 60. A los miembros de las Fuerzas Armadas, en los que el Ecuador ha invertido en su preparación, se retiran con 20 años de servicio, sin importar la edad.

Las leyes expedidas por el gobierno obligan a los viejos a dejar de
trabajar, producir, aportar a la sociedad. Marco Proaño recuerda en su obra que algún Indignado en España, salió con una pancarta que decía: “Si no nos dejan soñar, no les dejaremos dormir”.
Si las circunstancias de los viejos no cambian drásticamente en lo referido a la forma en que son considerados y tratados, tendrán una oscura vida si tardan mucho en abandonar este mundo.

portiz@elcomercio.org