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1916: agosto 12. El abuelo escribía desde Quito a Cuenca, a Victorita Crespo Astudillo, su mujer: “Te diré de paso, porque cuando nos veamos lo haré por extenso, que en punto a divertirse algo, viajando en ferrocarril, la cosa es desconsoladora: nada se ve, sino que sólo se entrevé, […] de modo que a pesar de haber tocado en Alausí, Riobamba, Ambato, Latacunga y muchos lugares más, no conozco un ápice de esta región. Mi mayor sentimiento estuvo en que Chimborazos, Tunguraguas, Cotopaxis y compañía, el goce de cuyo espectáculo ha constituido mi sueño desde la infancia, se me presentaron y pasaron como fantasmas. Si pudiera, y lo he de procurar, hacer mi viaje de regreso en mula, me contentaría mucho, porque solo así se viaja como hombre. El tal ferrocarril es una especie de cajón grande, en donde uno no va, sino que es expedido. Podrá ser un triunfo de la civilización, pero solo en asuntos mercantiles; por lo que toca a lo demás, es una salvajada”.

Trenes, aviones, cruceros… Para la vida, el camino pausado de una mula que devolviera al senador de entonces a su Cuenca natal, cuando pertenecer al Congreso exigía prestancia, talante, talento, lectura, palabra propia y noble, argumentación válida, sentido patriótico. Para el abuelo, el tren convertía en ‘paquete’, al viajero que “era expedido” y llegaba a destino sin haber descubierto nieves, nubes, hombres...

2016, noviembre 7. Fabián Corral escribe en “Descubrimiento de la distancia”: “El avión anuló las distancias. Lo que alguna vez fueron esas épicas travesías ya sea en carabela o en trasatlántico, ya a caballo o en tren, ahora se reducen al tránsito aburrido de los pasajeros de segunda y al coctel que apuran los de primera. La tecnología ha modificado el sentimiento que dejaba el viaje”. […] Viajar “a pie, a caballo restaura la posibilidad de entender el sentido de la distancia y la dimensión olvidada del tiempo. Rescata la capacidad de apreciar detalles y bellezas escondidas. […] permite responder al saludo del paisano, admirarse de que aún hay pájaros, de que el viento y la lluvia son hechos posibles. Y que nosotros somos apenas un punto perdido en el horizonte”. Que el abuelo y Fabián, Fabián y el abuelo perdonen que haya usado sus palabras, centenarias, unas, presentes, otras, para glosar el tiempo, los recuerdos.

Todos somos viajeros como no habríamos esperado serlo: Quince días aquí, tres semanas acá: ‘Si es miércoles, esto es Bélgica’, indicios –no conocimiento-; reunimos sombras, acumulamos souvenirs, no recuerdos. Volamos y no somos. Soñamos y no somos.

Marcel Proust mostró cuánto puede despertar el recuerdo: “si un olor notado antaño vuelve a oírse o a notarse, en el presente […] liberada la esencia permanente y habitualmente oculta de las cosas, nuestro yo auténtico, que parecía muerto, y a veces desde hacía mucho, despierta y cobra vida. Un minuto liberado del orden del tiempo, el hombre liberado del orden del tiempo que confía en su alegría; se comprende que la palabra «muerte» carezca de sentido para él; si está fuera del tiempo, ¿qué podría temer del futuro?”.