Fabián Corral

De viaje

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7 de November de 2011 00:03

Para la generación de nuestros padres, el viaje fue hecho extraordinario, episodio memorable, de esos que marcaron la memoria de las familias, y que, durante largo tiempo, fueron motivo de tertulia, de tardes enteras de mirar fotos y comentar las anécdotas de semejante acontecimiento. “Ser viajado” era, por entonces, signo de distinción y, por cierto, de secreta envidia, porque el afortunado personaje podía presumir ante la parroquia de haber estado en París, haber pernoctado en Nueva York y desayunado en Miami, o más modestamente, de conocer Bogotá o moverse con soltura en los restaurantes de Lima.

En nuestros días, la reiteración del viaje, la facilidad de irse y la posibilidad de quedarse por tierras que, de pronto, se hicieron cercanas, le quitaron magia al tema. Las despedidas ya no significan nada, o concitan tan poco interés que se reducen al gesto de “ya regreso”. Teléfonos celulares y computadores contribuyen a reducir el mundo al tamaño de un pañuelo y a hacer de la distancia dimensión inexistente. La televisión, por su parte, transforma a las salas familiares en miradores de las más remotas ciudades. Hay gente que presume conocer cada calle de Roma sin haberse movido de su casa. Y hay quien ha ascendido al Everest, vaso de cerveza en mano, sin haber hecho otro esfuerzo que cambiar de canal con el control remoto.

Sin embargo, el viaje mantiene la virtud de ser el valor agregado de la civilización, de ser la ventana que se abre y que permite que salga el aire viciado del encierro, y que las visiones aldeanas, y la mentalidad de campanario, al menos sufran el entredicho en que les colocan esas otras realidades, que solo se descubren cuando uno va, palpa la vida de los otros, mira el paisaje y siente a ciudades y gentes que son parte del mundo. Además, cuando se viaja, y aunque se lo haga con frecuencia, es inevitable sufrir al retorno el “shock de la pequeñez”, porque el curioso viajero, a menos que sea tonto o insensible, tan pronto aterriza en casa, encuentra que nuestras cosas no son tan grandes como imaginamos desde dentro, que no somos la potencia que nos vende la parafernalia política; que somos simplemente lo que somos, y que el orgullo nacional debe guardar concordancia con la realidad, porque, si olvidamos que los pies deben estar en la tierra, corremos el riesgo de incurrir en un chauvinismo cuyo lindero más cercano es la ridiculez y cuyo riesgo evidente es la cursilería.

El viajero siempre ha sido una especie de conspirador, porque viene de regreso con la mente y las maletas llenas de novedades, con inquietudes, con dudas sobre la legitimidad de los campanarios de la aldea, y con más dudas aún respecto de los que ofician las misas del poder. Por eso, quizá, las autocracias siempre han cerrado fronteras, y se han empeñado hasta la fatiga en negar la importancia del mundo.