Opinión
Milagros Aguirre

Las vergüenzas

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15 de August de 2013 00:01

No pudo ocultar su asombro el funcionario de Salud de Orellana cuando visitó a la familia de Pacorumi para conocer de cerca su caso. Además del asombro, digamos que los presentes sintieron vergüenza ajena al constatar que lo único que permanecía intacto de la casita que les había hecho el Miduvi en el 2010 era el letrero. La baldosa colocada en la puerta de la casa, como plaquita de agradecimiento, era lo único bonito de aquella casa a la que habían puesto tan poco cemento que se le hicieron baches dentro. Sí. Baches y tierra, como lo están leyendo.

A pesar del asombro, el funcionario decía que había obras que estaban aún peor en otros lugares selváticos… casas que no duran tres años y que estarán en la conciencia de algún chapucero constructor que seguramente cobró caro para hacer allí una obra barata, o mejor, una escenografía en donde los baños no tienen ductos ni tubería alguna pero quedan bonitos en las fotos de inauguración o actos de entrega.

Vergüenza ajena, además, al ver la planilla de luz que a esta humilde familia discapacitada le estaban cobrando: impuesto a los bomberos (donde nunca llegan los bomberos), impuesto a la recolección de basura (allá donde no pasa un solo vehículo recolector de basura). Surrealismo en estado puro.

En el hospital de Coca pasó algo parecido. La obra tardó mucho más de lo debido porque cuando se hizo, no había aún alcantarillado en ese barrio. Seguramente el constructor no se dio cuenta de semejante pequeñez.

Hay algunas obras que, en efecto, dan vergüenza, dentro de tanta maravilla de obra pública que se aplaude. Una de ellas, por ejemplo, es lo que está tras el majestuoso puente sobre el río Napo: las autoridades han tenido que poner sacos de arena en los costados de los varios puentecitos de un solo carril que están a lo largo de la vía de 100 kilómetros, para que los carros no se sigan cayendo y evitar más accidentes y muertes.

El puente magnífico de cuatro carriles lleva a una vía de dos carriles y a unos puentes de un solo carril que además, no tienen barandas. En la noche, los puentes han sido trampa mortal. Ahora los puentes tienen sacos de arena en lugar de barandas hasta que se abran los procesos de contratación de obras para solucionar el problema.

Las vergüenzas se esconden. Y las esconden unos funcionarios a otros. Porque saben que si se enteran sus jefes, pondrán el grito en el cielo o volarán cabezas (o al menos eso es de esperarse). A veces la prensa deja ver algunas de esas vergüenzas. Si no lo hace la prensa, lo hace la sociedad civil.

Destapar algunas seguramente ayuda a los gobernantes a enterarse de lo que les esconden sus funcionarios. Pero sobre todo, ayuda a que los problemas diarios, de algunas gentes necesitadas, se visibilicen y se activen, como en el caso de Pacorumi, las alertas para intentar resolverlos.