Susana Cordero de Espinosa

Verdades horribles

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‘El Vaticano II plantea principios claros sobre la propiedad y el uso de los bienes: Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. Los bienes creados deben llegar a todos equitativamente, bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad. Sean las que sean las formas concretas de la propiedad, jamás debe perderse de vista este destino universal de los bienes”.

Así se formula, en parte, al menos, el deber de los miembros de la Iglesia Católica: el de vivir la opción preferencial por los pobres… Formulación utópica, ilusión factible en un excepcional y raro ámbito personal de santidad, e imposible, de raíz, en lo que concierne a los grandes institutos religiosos, órdenes, fundaciones, institutos seculares, organismos, corporaciones; obras de Dios –¡vanidosa y torpe convicción!-, conventos, monasterios, claustros, reclusorios, abadías; llámense como se llamen, sean cuales sean sus reglas, hayan sido fundadas hace siglos o hace algunos años, su opción preferencial, tal vez no original en el espíritu de alguno de sus fundadores, ha sufrido, en todos los casos, la deriva hacia una opción preferencial por los ricos. Opción, elección.

Juan Pablo II fue tres veces recibido y halagado por los legionarios en México, bendijo y honró a Maciel. El papa Francisco sufre de buena fe, sin duda, la horrible presión del poder. Esa presión fue indubitablemente, la razón fundamental de la renuncia al papado de Benedicto XVI: ¿quién puede con el peso del imperio terrenal? ¿Quién soporta añadir a este poder, de por sí aciago y fatídico, el poder sobrenatural?

Escándalos sin cuenta… Doblemente escandaloso el olvido, el perdón, la indulgencia plenaria –algo como un indulto que saca del infierno a los réprobos para darles un lugar en el purgatorio o quizá en el paraíso (de haberlos, por supuesto)- a los Legionarios de Cristo, organización que domina, no en el pasado, no anteayer ni ayer, sino hoy mismo, el ámbito católico-apostólico de la iglesia mexicana, y, de alguna manera, el del mismísimo Vaticano.

¿Quién no sabe de las apetencias de Marcial Maciel ese ‘fundador’, de placeres y mentiras, del abuso sexual sobre sus propios hijos denunciado por ellos mismos; de su ansia de riqueza y su vida deplorable de millonario sin freno? La ‘aristocracia’ mexicana que se precia de trasnochado catolicismo, ganada por esta orden, bautiza, comulga, confirma y casa a sus hijos con los legionarios de Maciel, que no de Cristo. Así, reciben el toque terreno del dinero y la gloria, al par que el de la garantía sobrenatural que les guiará al cielo, hagan lo que hicieren… Con la enorme cantidad de dinero de que disponen, conciben, invitan, pagan, halagan a los papas que llegan a México en visitas millonarias. Así, ¿quién puede creer en la iglesia? ¿Quién, en la opción por los pobres? ¿Quién, en los sueños de Juan XXIII, en los de Francisco?

¡Pobre Benedicto XVI, pobre papa Francisco, pobre Dios! Si rezamos alguna vez, recemos por ellos.

scordero@elcomercio.org