Pablo Cuvi

Que venga Pussy Riot

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8 de September de 2012 00:02

Puestos a dar asilo a los valientes que provocan la ira del poder imperial, las próximas beneficiarias deberían ser las Pussy Riot, cuyo solo nombre es ya una declaración de guerra al ‘establishment’ ruso. Porque si el enigmático Assange desafió a EE.UU., estas rockeras han enfrentado a un imperio más antiguo y despótico, que pasó del zarismo a la brutalidad del estalinismo para terminar en manos de un ex agente de la KGB a quien no le tiembla el pulso para arrasar a los chechenios y sostener al sanguinario Régimen sirio.

Como sabemos, las Pussy, un grupo de feministas, filósofas, periodistas, iconoclastas y otras hierbas rebeldes, montaron una fugaz ‘performance’ en la catedral de Cristo Salvador de Moscú. ¿Su objetivo? Rechazar la reelección amarrada de Vladimir Putin, quien contó con el apoyo del patriarca ortodoxo Cirilo I. Si el patriarca, que debería ser imparcial, pone su autoridad moral al servicio del poder terrenal como en los largos siglos del zarismo, está provocando que le digan en su casa que está equivocado y que “ama a Putin más que a Dios”.

A su turno, la Justicia buscó la figura que mayor daño pudiera infligir: tres cantantes fueron condenadas por vandalismo y dos salieron en quema de la madrecita Rusia.

Pero quedan más muchachas que están bajo la mira y tarde o temprano pagarán caro su osadía, no obstante la simpatía que han despertado en el mundo, que las ve como lo que son: abanderadas de la libertad de expresión y perseguidas de conciencia.

¿Que han faltado al respeto a la catedral al introducir en ella el rock de protesta? Sí, pero de allí a incitar al odio, como reza la sentencia, hay un inmenso trecho. El que media entre una amonestación y dos años de cárcel.

Habiendo llegado aquí, leo en la revista Semana un artículo sobre las llamadas ‘cristotecas’ que se expanden por el globo. Para atraer a la juventud algunos curas católicos se valen de lo que fuera visto como antro de perdición: la discoteca.

En medio de una multitud que se roza y sacude al ritmo narcotizante de la música techno, un sacerdote declara preferible “que los jóvenes lo hagan para Dios y lo hagan aquí, donde podemos observarlos, a que lo hagan afuera en la calle, donde hay droga, donde hay alcohol”.

Hagan de bailar, quiere decir. Y sí, les pasan videos de la Virgen y entonan salmos bíblicos pero es ingenuo pensar que el medio--discoteca es neutro y que el erotismo exacerbado por una música sensual puede estar al servicio de un sistema religioso que plantea lo contrario.

Ya lo dijo McLuhan: el medio es el mensaje. Salvo que unos tonsurados de avanzada hayan redescubierto eso que supieron desde siempre muchas etnias africanas: que el cuerpo es el mensaje y el auténtico camino a la gloria. En cuyo caso las Pussy Riot merecen compartir esa tarima.