Washington Herrera

Venezuela, a la deriva

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Desde hace medio siglo hay un divorcio brutal entre la forma de hacer política a la venezolana y las medidas que dicta la racionalidad económica de cualquier país.

Los dirigentes políticos han podido seducir a los votantes con subsidios inorgánicos que les han llevado al extremo increíble de regalar la gasolina que consumen todos los automotores que ruedan en su territorio, pues lo que pagan por llenar el tanque de combustible de un carro no llega al equivalente de un dólar. Y, por otro lado, han financiado ayudas internacionales por figuración política efímera.

Las cuantiosas ventas de petróleo y combustibles han servido para consumir muchos bienes importados, porque no se ha trabajado lo suficiente para asegurar una mínima soberanía alimentaria.

El facilismo petrolero ha adormecido a la fuerza de trabajo de Venezuela, que labora con un mínimo de productividad. Sin producción sube la inflación y por más que subsidien a los alimentos básicos los salarios ya no les alcanzan y una explosión social en Venezuela es inevitable.

Sustentar el poder político en subsidios generalizados y no enfocados solo a los pobres, lleva a un clientelismo extremo. Este reduce el ejercicio de la política al imperio de una demagogia ilimitada que está siendo contraproducente para la gente pobre, a la que se quiso favorecer.

Si a todo esto se agrega el adulo a los militares, la cuestión se agrava, porque el Gobierno se ha sentado en las bayonetas que obtendrán privilegios crecientes para sostenerlo.

Una de las áreas de más difícil manejo económico es la política monetaria y cambiaria, y lo que al respecto se ha hecho en Venezuela le está ahogando porque el concepto de subsidios se ha aplicado a su política cambiaria, más aún cuando confronta gran escasez de divisas.

En este país se han creado varios mercados con diferentes tipos de cambio, que los agentes económicos –que no son ángeles- han usufructuado sin tregua alguna. Toda segmentación artificial corre el riesgo de ser una fuente de acciones que terminan por distorsionar el valor de la moneda, afectando especialmente a los pobres.

Así pues, ahora hay un ejército de ‘bachaqueros’ que hacen colas –celular en mano- para comprar bienes escasos a precio oficial que luego revenden a precios hasta 10 veces mayores, con lo que se caotiza la distribución de los alimentos básicos y de los medicamentos.

También vemos que venezolanos vienen al Ecuador a comprar o a simular compras porque al regreso el Gobierno les entrega dólares a precio subsidiado. Entonces, esta perforación ha hecho enormes huecos al sistema cambiario y el dólar negro o paralelo ha llegado a 100 veces el valor del dólar oficial básico.

Lo peor es que cualquier solución política y económica causará tremendos sufrimientos adicionales a los que ya padece la clase pobre de nuestra querida Venezuela.