Christopher Sabatini

Leopoldo López y la injusticia

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Hace 15 meses que el exalcalde de Chacao y líder opositor venezolano Leopoldo López ha permanecido detenido en la cárcel militar de Ramo Verde acusado por el Gobierno de instigar a la violencia.

Su juicio se ha alargado desde septiembre y durante algunos meses las audiencias han ocurrido con regularidad mientras que en otros -tal como paso en abril- se han parado abruptamente sin aviso previo o plan de retomarlos. Las convocatorias para las audiencias no solo están a la discreción de un sistema judicial plenamente bajo el control del presidente Nicolás Maduro, sino también están cerrados a la prensa. Supuestamente si uno está presente en la sala de juicio ni siquiera puede tomar notas.

Dada la calidad de la causa del Gobierno, realmente no se les puede culpar del hecho de que estén alargando el juicio y previniendo el escrutinio público. Uno de los mayores cargos del gobierno de Maduro es que López estaba sutilmente -pero insidiosamente!!- mandando mensajes subliminales fomentando la rebeldía. (¿Acaso alguien todavía cree en mensajes subliminales? ¿No pasaron de moda en los años 70?). Y ciertamente, en una de las audiencias recientes, un testigo gubernamental, un experto en telecomunicaciones, dio como prueba de las actividades nefastas de López que en uno de los días de manifestaciones su teléfono celular no recibió ninguna llamada doméstica pero sí varias internacionales. Si acaso hubiese un momento estilo Perry Mason en un juicio este lo tendría que ser, ¿no? ¿Llamadas internacionales? Diría yo que el tipo es culpable… pero yo recibo por lo menos seis llamadas internacionales al día en mi celular de periodistas, amigos, colegas, no puedo mantener la pista. Quizás no debería ir a Venezuela.

Todo esto podría ser ridículamente risible hasta que uno conoce a sus padres. Su madre, a quien yo vi tan solo tres días después del Día de la Madre, y su padre muestran el estrés y angustia de tener a su hijo detenido arbitrariamente y en estado de aislamiento e incomunicación. Al hablar con ellos, un padre no puede evitar imaginarse lo que ellos están experimentando: temor por la seguridad de su hijo y preocupación por lo que le está pasando. Pero para los padres de Leo también hay orgullo por el compromiso de su hijo con valores democráticos y su país.
Y seamos francos, un Gobierno que acusa a un opositor político con cargos tan absurdos, alarga el juicio y lo aísla en una celda de dos metros cuadrados, puede hacerle lo que quiera detrás de las puertas cerradas.

Y lo han hecho. Cuando cerraron con llave la puerta de su celda para evitar un ataque de guardias enmascarados (como había sucedido antes). Ahora que lo pienso, quizás uno de los elementos más irrisorios de esta historia no son los cargos y la causa judicial que el Gobierno ha montado en contra de un manifestante político pacífico, sino que él sigue haciendo frente y hasta burlándose de sus atormentadores. Es suficiente para enorgullecer a una madre (y a un padre).

*Profesor adjunto en la Universidad de Columbia y editor de LatinAmericaGoesGlobal.org