José Ayala Lasso

¡Venezuela!

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Venezuela, país con el que el nuestro tiene lazos históricos de amistad, atraviesa una de las crisis más agudas y complejas, lo que no debe dejarnos indiferentes. No se trata solamente de un problema político, económico o social, sino de una situación en la que están involucrados los más importantes valores que unen a un pueblo y lo identifican como nación. Es una crisis envolvente.

Venezuela, un país inmensamente rico en recursos naturales, carece ahora de elementales productos alimenticios de consumo popular; Venezuela, que ha recibido fondos inconmensurables gracias a los altos precios de su petróleo, ve desplomarse su economía;

Venezuela, cuyo pueblo tiene un carácter amistoso, alegre y tolerante, se encuentra crispada, dividida, enlutada por sus muertos, mientras su Presidente autoriza a la fuerza pública usar “armas letales” para reprimir el derecho de protestar; Venezuela de la cultura, de la prensa libre y del respeto a las ideas, encuentra ahora cerradas sus estaciones de televisión y sus diarios, aherrojado su pensamiento; Venezuela de Andrés Bello se aterra al ver cómo se atropella la norma del derecho y se encarcela, ilegal y arbitrariamente, a sus alcaldes y líderes políticos; Venezuela del Bolívar que dio libertad a cinco naciones, se estremece mientras se ciegan las libertades de su pueblo. He allí Venezuela, guiada ahora por visiones mágicas y voces fantasmales que pretenden recorrer los caminos de la prosperidad destruyendo implacablemente a supuestos “enemigos” internos y externos.

¡No! No podemos quedar indiferentes frente a lo que ocurre en Venezuela. ¿Para qué creamos la OEA y la Unasur y les instruimos defender la democracia y los valores de la libertad? ¿Para qué suscribimos la Carta Democrática Interamericana reconociendo en ella que “los pueblos de América tienen derecho a la democracia y sus gobiernos la obligación de promoverla y defenderla”? ¿Para qué dijimos que son elementos esenciales de la democracia “el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales, el acceso al poder y su ejercicio conforme al estado de derecho...el régimen plural de partidos... y la separación e independencia de los poderes públicos”? ¿Es pura palabrería la “responsabilidad internacional de proteger” a los pueblos?

El silencio estruendoso de estas organizaciones hiere nuestra conciencia democrática latinoamericana.

La democracia debe ser defendida colectivamente. La democracia está en peligro, no solo cuando se producen golpes de Estado, sino cuando regímenes autoritarios, pensando en sus ventajas tácticas inmediatas, menosprecian las graves consecuencias estratégicas de sus políticas represivas, y cierran al pueblo todos los caminos para expresar libremente su desacuerdo, dejándole abierta una sola desafortunada opción...