Enrique Ayala Mora

Los nombres ocultos

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Nadie se hubiera imaginado que José María Velasco Ibarra tuviera lo que llaman un “lío de faldas”, peor aún, que se enredaría alguna vez en un asesinato. Serio, austero, distante, como labrado en piedra, ante la opinión de la gente, el caudillo no estaba para esas cosas. Pero el hecho es que alguna vez lo estuvo y por ello se armó un escándalo mayúsculo.

En 1935, Velasco Ibarra ejercía ya por algunos meses la presidencia de la república en su primer período. Ganó abrumadoramente, pero para entonces ya estaba en conflicto con el Congreso y con la oposición liberal y socialista. Vivía solo, porque había resuelto divorciarse de su esposa doña Esther Silva, quien le había reclamado públicamente el abandono.

Entonces, un día de febrero, saltó el escándalo de que el chofer presidencial, Antonio Leiva, había sido hallado muerto en un vehículo en la carretera sur. El presidente lo había enviado a Ambato para traer a Quito a doña María Teresa Ponce Luque, hija de un notable guayaquileño, con quien se decía el primer mandatario tenía un romance.

Leiva no pudo cumplir la misión. Murió en el trayecto. Al principio se dijo que se había suicidado. Luego las investigaciones llevaron a que se trataba de un asesinato.

Este hecho, muy poco conocido y nunca del todo explicado, dio la ocasión para que Diego Araujo escribiera la novela “Los nombres ocultos”, publicada con el sello de Rayuela Editores. La obra, que maneja rigurosamente los hechos e introduce, como debe ser, un alto componente de ficción a la narrativa, nos pone a pensar una vez más en el papel de los crímenes políticos en nuestra historia.

Como Araujo lo muestra con gran acierto, tanto en el divorcio y el romance del presidente de la república como en el misterioso asesinato de su chofer, se revelan varios rasgos de la vida social y política del país. A través de la acción de un imaginario periodista-investigador, se van descubriendo los hechos y la trama que los rodeaba. Pero sobre todo, se patentiza la presencia de un actor central, que no por oculto es menos actuante: el poder. No solo el poder de las autoridades, sino el poder real de una sociedad en que se pudo “empandillar” la investigación para que nunca se supiera que pasó en realidad.

El “levantamiento del cadáver”, la inspección de lugar de los hechos, la investigación de automóvil que se había precipitado fuera del camino, la autopsia, los testimonios, el destino de la pistola de Leiva que desapareció y luego fue entregada a la policía, hasta las declaraciones de un ebrio que confesó el crimen en una cantina; todo dejó mas sospechas que certezas.

Pero, al fin, el autor transcribe un documento auténtico de alguien que sabía la verdad y lo envió a Velasco Ibarra muchos años después. ¿Quedó así aclarado el crimen o siguen los nombres ocultos?