Monseñor Julio Parrilla

Seniles, pero dignos

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 2
Triste 4
Indiferente 1
Sorprendido 1
Contento 33

Mucha gente piensa que perder la autonomía es sinónimo de perder la dignidad. Es un mal pensamiento que refleja una honda quiebra moral. Claro que el envejecimiento creciente de la población constituye un gran desafío para nuestra sociedad.

Al envejecimiento se une la demencia senil, la discapacidad más o menos profunda, los pacientes en coma o los enfermos en fase terminal. Un panorama difícil de asumir.

La vida pastoral siempre me ha llevado a estar cerca de los sufrientes. Recuerdo con especial emoción mi paso frecuente por el ABEI… Allí, de la mano de un buen número de mujeres voluntarias, comprendí que no hay ser humano, por roto que esté, que no sea digno de ser amado.

Desde entonces, cuando veo a hombres y mujeres comprometidos en el acompañamiento de estas personas vulnerables, me doy cuenta de que esta inversión no es económicamente rentable, pero siento que el cuidado de los ancianos responde a una elección puramente ética.

Por eso, me duele el “clima de eutanasia” que crece socialmente en los últimos años (no solo en las llamadas “sociedades desarrolladas”, sino también entre nosotros), como si fuera un derecho individual que hay que respetar y promover.

Los ancianos seniles, los dementes, los terminales… ya no tienen voz, pero tienen dignidad. Una dignidad humana que no depende del hecho de que se posean o no ciertas capacidades.

Nadie, por ser senil o demente, deja de ser persona. Cierto que la autonomía es un gran desafío, que no podemos resolver de forma individual, sino comunitaria. La comunidad, la familia, los amigos, son los espacios de la incondicionalidad. Y, por ello, los más humanizadores y, sin duda, los más sacrificados. Desde el nacimiento hasta la muerte dependemos unos de otros. Solo un necio no entiende lo mucho que nos necesitamos…

Todo encuentro humano debería de suscitar una responsabilidad ética, algo que debería de cauterizar la tentación del descarte.

¿Recuerdan el nazismo con toda su secuela de miserias? El velo de la supremacía de la raza aria no podía cubrir la vergüenza de la práctica genocida. Lo terrible no fue el hecho de asesinar a millones de personas, sino la convicción de que era necesario o conveniente. Un horror solo posible gracias al silencio cómplice de la mayoría.

Nunca en una sociedad verdaderamente humana, el otro puede convertirse en una carga inútil, en una amenaza. Cuando esto ocurre, lo más fácil es pensar que solo los guapos, enteros, brillantes, pudientes, productivos,… entran en la categoría de personas y que los demás pasan a ser desechables.

¿Es este el mundo que queremos? Porque, si no lo queremos, hay que decir no y luchar contra ello. El mundo humano no se nos puede ir de las manos. Hay que gritar a los cuatro vientos que perder la autonomía no significa perder la dignidad. Algo así no es solo una afirmación moral, sino también política, un compromiso que habrá que sacar adelante. En este, como en otros casos, lo peor siempre será la maldita indiferencia.