Monseñor Julio Parrilla

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En los temas de movilidad humana, este trasiego de gente que por razones de migración o de refugio abandonan su tierra, tendríamos que llegar a acuerdos globales. Las puertas del mundo se abren y se cierran al ritmo de necesidades y de intereses que dejan a millones de personas en la cuneta. Gente sufrida que arrastra su pobreza y que ve pisoteado su derecho a migrar o a escapar de la exclusión y de la muerte, a buscar días mejores para sí y para sus hijos.

No es un fenómeno fácil de afrontar. Levantar muros, amenazar a los padres con separarles de sus hijos, otorgar potestad jurisdiccional a las autoridades migratorias, provocar la inadmisión sumaria poniendo de patitas en la calle a los intrusos, ¿será la forma de solucionar el tema?
La nueva Ley Orgánica de Movilidad Humana aprobada por el Ecuador deja en evidencia algunas de estas cosas. El malo de la película, el vaquero bruto y egoísta, no es sólo Mr. Trump. Somos también nosotros cuando levantamos los muros de una legislación normativa que, precisamente por ser excluyente, resulta anticonstitucional. Sobre todo por ser profundamente regresiva. ¿Cómo es posible que se establezca un proceso administrativo (adiós, jueces) para la deportación, sin existir un tercero imparcial dirimente, sin ser juzgados por jueces independientes, sin las garantías mínimas del debido proceso? ¡Lejos queda la linda Constitución de Montecristi que decía cosas tales como que ningún ser humano será ilegal por su condición migratoria (art. 40)! ¡O aquella otra perla de la igualdad de derechos de los extranjeros (art. 9)!

El Papa Francisco, por su parte, algo bueno aporta. Anima a la Iglesia a acompañar a todas las categorías de personas que se ven obligadas a salir de su tierra o a huir de la barbarie. El sabe de la complejidad del asunto, lo que significa dejar el propio hogar, el tiempo de tránsito, el arribo, la necesaria integración y, tal vez, el regreso al primer hogar. Por eso nos ofrece veinte puntos fundamentales de reflexión y de acción política, a fin de anteponer siempre la seguridad personal a la nacional, en defensa de la dignidad de migrantes y refugiados, independientemente de su estatus migratorio. Es su aporte a los Global Compacts que (Dios lo quiera) se adoptarán a finales del 2018 por parte de la comunidad internacional.

Francisco propone: La no devolución de migrantes y refugiados a un país inseguro; la creación de corredores humanitarios; la información fiable antes de salir; la acogida y la protección al llegar; la atención a los menores no acompañados; la inclusión social y profesional; el derecho a la educación; la reunificación familiar; y una narrativa positiva de la solidaridad… Son aspectos, entre otros, que el Santo Padre considera imprescindibles para que lleguemos a acuerdos confiables y duraderos. Así debe ser, aunque a Mr. Trump le suene a chino.