Rubén Loza Aguerrebere

Las batallas de Vargas Llosa

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Mario Vargas Llosa se encuentra feliz con la inauguración en Madrid por la alcaldesa Ana Botella, de la Biblioteca que lleva su nombre.

Hay en ella 24 000 ejemplares; están allí todos sus libros, entre ellos, el singular ‘Tirant lo Blanc: Las palabras como hechos’. Cuando me obsequió un ejemplar de ese libro, Vargas Llosa me dijo: “Esta es otra de mis batallas”.

Aquella novela titulada ‘Tirant lo Blanc’ llegó a sus manos en una edición de 1947 (de Martí de Riquer) y, a propósito de esa experiencia, escribe: “La lectura de ese libro es uno de los recuerdos más fulgurantes de mis años universitarios, una de las mejores cosas que me han pasado como lector y escribidor de novelas”. Y agrega: “Pocos libros me han divertido y excitado y en pocos he aprendido tanto, sobre la ambición, las artes y las trampas con que están fraguadas las ficciones”.

Para Vargas Llosa debemos a Cervantes el sello de desprestigio de las novelas de caballería, pero de inmediato señala que la culpa no la tiene el autor del Quijote, sino sus exégetas y comentaristas, quienes decretaron que el mérito cervantino fue enterrar aquella corriente novelística. Y prosigue: “La aparente burla cervantina de sus exageraciones anecdóticas y enredos estilísticos tenía cierta justificación. Pero en la tradición caballeresca destacaba un buen número de libros de rica elaboración imaginativa y audaces arquitecturas que quedaron también sepultados, en confusión innoble”. Acto seguido, evoca que el Quijote menciona el libro de Martorell, haciéndolo, eso sí, de manera sibilina, ya que lo llama (por boca del cura, en el famoso inventario de la biblioteca de Alonso Quijano) “el mejor libro del mundo” y luego afirma que a su autor merecería que lo mandaran a galeras de por vida.

¿Qué conclusiones saca este lector apasionado recorriendo ‘Tirant lo Blanc’? Esta: que una gran injusticia recae sobre este género literario de poderosa invención y originalidad, que sentó las bases de una narrativa “de la que son deudoras cosas tan disímiles como la novela romántica, el folletín de aventuras decimonónico y hasta los westerns cinematográficos”. Y sostiene: “Cervantes no ‘mató’ la novela de caballerías, sino que le rindió un soberbio homenaje”. “El Quijote” es la novela de caballerías de una época en la que ya no había caballeros andantes, ni la realidad permitía hacerse la ilusión del orden caballeresco. Pero en sus páginas sobrevive ese ideal imposible, refugiado en dos trincheras: la locura y la nostalgia.

En cambio, ‘Tirant lo Blanc’ es algo así como “el canto del cisne literario de aquella época que daba sus últimos estertores y se transformaba rápidamente al influjo de los vientos italianos y franceses, en un mundo renacentista”. Aquel mundo no fue el de Joanot Martorell.

Vargas Llosa sigue batallando en favor de ese mundo de sueños, que nos desagravia del aburrimiento y anima con “la magnificencia de sus desfiles y torneos y el rumor de sus lenguas parleras”.

El País, Uruguay, GDA