Fernando Larenas

La vanagloria

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Talvez Shopenhauer lo resumió con demasiada crudeza: “Todo imbécil execrable, que no tiene en el mundo nada de que pueda enorgullecerse, se refugia en este último recurso, de vanagloriarse de la nación a la que pertenece por casualidad”. Sin embargo, la vida está plagada de decenas de ejemplos de vanagloria o de jactarse del propio valor que tienen las cosas y de la manera que tienen las personas de obrar.

La experiencia de residir algunos años en Brasil, o como ellos llaman, el país más grande, maravilloso y bello del mundo tiene que ver también con un alto grado de autoestima, pero cuando se exagera... Es que incluso, en los aspectos negativos, también asoma la vanagloria con estos breves ejemplos: Las favelas brasileñas son las más grandes del mundo, ningún país ha talado más árboles que Brasil, en ningún país hay tanta violencia en las cárceles como en Brasil, ningún país como Brasil perdió una final de un Mundial de Fútbol en el estadio más grande del mundo, hasta 1950.

La única condición para esa absurda vanagloria es ser primeros, no importa si negativa o positivamente, pero primeros. ¿Cuántas veces hemos escuchado que nuestro himno (de cualquier país latinoamericano, menos el de México) es el segundo más bello del mundo, después de La Marsellesa? Y como usé a Brasil de ejemplo, debo decir que no he conocido, melódicamente hablando, un himno tan maravilloso como el que compuso Francisco Manoel da Silva, que tiene unos acordes similares a los de la obertura de una ópera y una marcialidad que puede causar fuertes emociones.

Pero de esto no se vanaglorian los brasileños. Los mexicanos dicen que su himno es el mejor del mundo y que después viene La Marsellesa. Los himnos, los símbolos, los escudos, etc. son intangibles que no se pueden medir ni comparar. En lo personal me basta con cantar el Himno ecuatoriano para sentir fuertes emociones o escuchar el brasileño para apreciar su contenido musical y su letra heroica; y La Marsellesa, muy significativa para los franceses.

Poco antes del horripilante asesinato de dos chicas mendocinas en Montañita, circuló en redes sociales una encuesta que mencionaba a Ecuador entre los países más seguros del mundo. Este es un ejemplo de vanagloria innecesaria. La percepción de seguridad está directamente relacionada al entorno donde las personas habitan.

Si somos los mejores del mundo, qué bueno, pero no nos vanagloriemos, que sea la historia la que juzgue, que sea la verdad la que se imponga y no la propaganda.

Felizmente, la vanagloria tiene un antídoto muy eficaz, que incluso se explica con centenares de ejemplos, especialmente en el libro de los Proverbios: se denomina humildad, que no es más que el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades para obrar de acuerdo con el conocimiento, con el sentido común.