Roque Morán Latorre

¿Dónde están los valores?

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2 de December de 2011 00:02

Al preguntar cuál es la primera escuela de valores la respuesta suele ser elocuente, categórica y unánime: la familia. Aquel nido natural, esa célula primigenia de la sociedad, donde se aprenden, se practican y se preservan las virtudes humanas, donde se arraigan los principios, que no tienen tiempo ni tonalidad, que no pasan de moda, que no abandonan sus inamovibles características, sin embargo de las vicisitudes de los tiempos, siguen y continuarán incólumes.

Los valores se arraigan en el cotidiano ejercicio de los hábitos buenos, desde esas sencillas costumbres hogareñas: una comida familiar, el saludo cariñoso, el trato delicado, la preocupación por el ausente, el compartir con generosidad, el tolerar las diferencias, el perdonar de corazón, el reconocer los propios defectos y más vivencias que imprimen el sello indeleble del ambiente doméstico.

Los valores acrisolados en la familia deberían proyectarse hacia el resto de la sociedad. Por eso surgen inquietantes preocupaciones: ¿cuál es el estado de la familia en nuestro tiempo? ¿No debería constituir la familia un grupo de alta vulnerabilidad, similar a otros? Si afirmamos que los valores se siembran, primero, en el hogar ¿no será que el deslucimiento de esos valores en la humanidad es un patente reflejo de lo que está padeciendo la familia?

La vertiginosidad de la vida actual obnubila la sensibilidad humana, no deja espacio para el diálogo entre cónyuges, para la conversación animada, serena y acogedora con los hijos; cada vez se comparte menos y se distancia más a las personas; en vez de que tanto adelanto científico –inimaginable por cierto- sea utilizado para acercarnos, nos aleja aún más, incita a que cada una, cada uno, viva su propia vida, abstrayéndose, separándose, soslayando –aunque en realidad suene irónico- la buena comunicación.

El desequilibrio entre la vida laboral y la familiar es, entre varios, otro poderoso escollo; pasamos extensas jornadas en nuestros trabajos y, cuando no estamos allí, estamos insistentemente preocupados, sin desconectarnos; los afanes empresariales para planificación, lanzamientos, celebraciones y otros menesteres constituyen ambientes sumamente propicios para el desarraigo familiar.

Si a todo esto le sumamos la falta de auténtico compromiso y lucha, a la conducta pusilánime, comodona y facilista, al materialismo salvaje de la abundancia, podemos explicarnos que los valores están tambaleantes sobre una enfermiza estructura.

Se acerca la festividad de Navidad, tiempo sin duda de familia, tiempo de resarcir, de desagraviar, una oportunidad favorable para que depongamos los excesos y el despilfarro, en pro de la recuperación de los valores trascendentes.