Alfredo Negrete

Vallas al populismo

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Se pueden colocar obstáculos pero no extinguirlo. Pues está en los genes de América Latina. Con seguridad el ADN del populismo se remonta a la estructura piramidal del imperio español, pasó a los virreyes y se encubó en los libertadores formadores del estado nacional.

Las primeras vallas surgieron con la confrontación de los movimientos que se enfrentaron en siglo XIX por la separación de la iglesia y el Estado; sin embargo, cuando surgió el ruido de las espadas para evitar la anarquía en tiempos la dictadura militar- en muchos casos, caudillista y perenne- pero sostenida en el orden corporativo de los uniformes ,impidió la impronta de caudillos y sus movimientos de fanáticos. Igual cometido lograron en el siglo XX, los movimientos ideológicos como el socialismo y el comunismo y durante la Guerra Fría la presencia de movimientos ideológicos como la Democracia Cristiana y la Social Democracia. Pero, la historia registra fuertes expresiones populistas como el peronismo, el aprismo o el velasquismo. México fue inmune por la vigencia de un supra partido, el PRI y no por el imperio de un caudillo, porque fueron limitados por la vigencia de una sola frase “no reelección”.

La tradicional institucionalidad chilena, siempre rodeada de amigos como Bolivia, Perú y Argentina- impidió el florecimiento del caudillismo, salvo el caso de Arturo Alessandri, “El león de Tarapacá”.

El breve recuento histórico permite atisbar alguna de las posibles vallas u obstáculos que puede impedir la impronta populista al poder. La primera, actualmente desacreditada, pero que sigue siendo un antídoto poderoso, son los partidos: viejos o nuevos. Sin su activa presencia y militancia, el campo está libre para los mesías y los gurús. Un segundo aspecto que deja la historia, es que es muy difícil que los gobernantes populistas culminen el proceso autoritario si existe bicameralidad en la función legislativa. En el Ecuador fue inteligentemente suprimida para que no sea obstáculo para la creatividad del líder. No hubiera dinero que pudiera sostener, a pesar de los altos precios del petróleo, la disciplina de diputados y senadores. Las dos cámaras también han sido un filtro para impedir la vocinglería del líder y la prodigalidad en el uso de los recursos públicos.

Sin embargo hay que advertir que el populismo no tiene ningún signo ideológico; otra muy distinta es que se apropie o haga suyas banderas ajenas, pero importantes en la coyuntura y después las deseche. El populismo en esencia son las formas mediáticas como la tarima, el discurso abrasador y una interlocución innata entre el líder y la masa que, a disgusto de los publicistas no se hace en laboratorios de maquillaje. Por eso el populismo en el fondo es incoloro a tal punto que en esa casilla puede ser ubicado Chávez, Correa, Maduro y hasta el mismo vecino Uribe.

anegrete@elcomercio.org