18 de February de 2010 00:00

La utopía pervertida

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Milagros Aguirre

Obnubilados. Hiptonizados frente a la voz del líder. Obedientes de las órdenes más absurdas. Ciegos frente al abuso de poder. Sordos y mudos. Sin voluntad. Fervorosos creyentes. Creyentes revolucionarios más que los fervorosos creyentes en Dios (aunque siempre se dijeron ateos), cumpliendo los mandamientos del poder absoluto así estos signifiquen matar al enemigo por pensar diferente o seguir a otro líder. Angustiosamente obedientes. Entrampados en el espionaje a los más íntimos. Desconfiados. Camaleones. Infiltrados. Escritores frustrados que se someten a la autocensura para tener cabida en la sociedad. Asesinos arrepentidos por una idea desvanecida con el tiempo. Fuertes a la hora de estar investidos de poder. Delatores a la hora de quedar bien con su partido y ascender en los escalafones revolucionarios. Débiles en la muerte y el amor.

Así son los personajes del libro ‘El hombre que amaba a los perros’, del cubano Leonardo Padura. Una historia intensa e intrincada que recrea uno de los crímenes más reveladores del siglo XX: el asesinato de Trostski, ex dirigente bolchevique, ocurrido en México, y en la que el asesino se convierte en víctima y verdugo del poder totalitario de Stalin.

El grito de Troski cuando su verdugo incrusta el arma mortal no deja en paz a Ramón Mercader, conocido como Mornard, “el hombre que amaba a los perros”. No se perdona por la misión encomendada. Con los años no se explica siquiera qué le movió a cometer semejante atrocidad: ¿quedar bien con el partido? ¿mostrar su apoyo incondicional a su líder? ¿volverse un héroe de la revolución?

La novela está narrada desde la voz de un “aspirante a escritor cubano”, Iván, que debe conformarse con un mísero consultorio veterinario en La Habana y que se vuelve testigo de una escalofriante confesión, es pretexto para revisar la historia del siglo XX y volverla novela, aunque el autor aclara que los personajes se construyeron según las libertades y exigencias de la ficción.

Padura recorre varios escenarios y tiempos revolucionarios: Moscú, México, la España de la Guerra Civil, París, Cuba contemporánea. La novela se gestaba mientras el Muro de Berlín empezaba a hacerse polvo, en una visita a México, a la casa que habitaron los Troski, convertida en museo, monumento a la zozobra y odio. La empezó a escribir una vez muerta y enterrada la URSS.

‘El hombre que amaba a los perros’ es un pretexto para reflexionar sobre la perversión de la gran utopía del siglo XX, donde muchos invirtieron esperanzas y tantos otros perdieron sueños, años y hasta la vida' Una lección novelesca del siglo XX para encarar las utopías del siglo XXI y, si se puede, evitar su perversión.

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