Enrique Ayala Mora

La utilidad de la Constitución

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Las personas no usan la Constitución todos los días, como lo hacen con el celular, los autos o los buses. Más bien parece que es un libro que solo les sirve a los entendidos en leyes. Por eso muchos podrán preguntar: ¿cuál es la utilidad de la Constitución?

La respuesta es que resulta útil no solo para los grandes acontecimientos políticos, sino para la vida diaria de las personas. Por ello, aunque parezca que es un libro complicado que solo lo manejan los abogados, debe ser clara y sencilla para que todos la conozcamos, respetemos y demandemos su cumplimiento.

Se puede aplicar la Constitución en nuestra vida diaria. Por ejemplo, si alguien tiene una fiesta a medianoche y hace un ruido escandaloso, está violando un derecho constitucional y los vecinos pueden quejarse o obligarlo a que no siga armando escándalo. Si una autoridad quiere cobrar por realizar un trámite o un vigilante de tránsito pide plata para no levantar una multa, allí hay violaciones a los derechos y podemos reclamar con base en la Constitución.

Si el colegio le niega a una persona el derecho de continuar estudiando porque está embarazada o porque no se aceptan sus ideas, puede oponerse a esta medida apoyada en el derecho constitucional que tenemos a la educación y no ser discriminado por ningún motivo.

Es decir, la Constitución es muy importante en la vida de las personas porque nos sirve para que los derechos y garantías sean respetados sin que impere el abuso.

La Constitución es útil para conocer nuestros derechos y obligaciones. Exigir al Estado, y a las personas que trabajan para él, el cumplimiento de sus deberes; para conocer cómo está organizado el Estado: qué instituciones existen y qué deben hacer quienes trabajan en ellas; para lograr que la participación sea efectiva y respetada, tanto por los mecanismos electorales, como por otras formas de estar presente en la vida ciudadana.

Por todo esto, debemos promover el conocimiento y respeto de la Constitución y las leyes en que se detallan sus normas y principios generales.

Sin embargo, cuando nos damos cuenta que una gran parte de la Constitución no funciona; que, en la práctica, organiza el Estado para que se violen derechos, que concentra el poder en una sola persona, es nuestra obligación plantear su reforma radical.

Esa reforma radical no puede hacerse por la Asamblea Nacional o por consulta popular que cambien unos pocos artículos. Ambos mecanismos tienen trabas legales o han demostrado ser inviables. Por eso, el único camino que queda es la convocatoria a una Asamblea Constituyente, tal como está previsto en la propia Constitución.

La Asamblea Constituyente es una necesidad nacional que se irá imponiendo en los futuros meses. Pero es necesario que la preparemos con un gran acuerdo nacional sobre sus contenidos fundamentales.

eayala@elcomercio.org