Alexandra Kennedy-Troya

La Andina, casa adentro

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No interesan los fuegos cruzados entre políticos de distintas tiendas cuando de una institución académica se trata. No interesa un gobierno que intenta usar la ley a su gusto para “sacarse el clavo” y nombrar una marioneta que baile al son que le toquen; tampoco interesan aquellos que desde dentro de la misma institución puedan pretender el uso de un escenario en crisis para levantar su propia plataforma política (de oposición).

¡Señores, atención! Está en juego una institución -la Universidad Andina- que se ha construido como un bastión en la formación de sujetos críticos y, sobre todo, que ha reforzado y sigue reforzando el conocimiento de las ciencias sociales, un área fundamental en la construcción de espacios libres y democráticos. Es un frágil tesoro, una rara avis en América Latina, un referente para cientos de estudiantes y profesores que desde Ecuador y otros lugares de América y Europa han encontrado en sus aulas, no respuestas categóricas, sino la capacidad de pensar, de dilucidar, de inquirir.

Estamos hartos de escucharle al Presidente y a los miembros de su gabinete proferir una serie de improperios y amenazas hacia una entidad seria que sigue laborando con fuerza y tenacidad como siempre lo ha hecho. Que los alumnos, más de 2 000, siguen -a pesar de todo- sus clases regulares en distintas áreas del Derecho, la Historia, la Salud o los Estudios Culturales. Que la mayoría de estos jóvenes y adultos lo hacen apoyados por becas completas o medias becas; que muchos llegan haciendo enormes esfuerzos y sacrificios. Además, es un gran ejemplo del espíritu de cuerpo y sentimiento de pertenencia inculcado por esta casa de estudios en propios y ajenos. Hablamos de una de las pocas universidades categorizadas “A” por el mismo CES, por el mismo Gobierno que ahora parece no importarle poner a la institución en riesgo.

Pero sobre todo hablamos de seres humanos en proceso de intenso aprendizaje, alumnos que ahora -casa adentro- se sienten intimidados por políticos que se juegan la entidad en la mesa de póquer. ¿Cómo puede preparar el profesor sus clases en un ambiente de hostilidad y presión tan fuertes? ¿Cómo pueden los alumnos seguir laborando con la vaga duda sobre la legalidad de sus títulos, o de la permanencia misma de la institución?
¿Cuál es la vendetta? ¿Qué ha hecho la Andina para estar en el ojo del huracán del mismísimo Presidente? ¿Algunos críticos del régimen, como la prensa “corructa”? Qué vergüenza si este es el fondo de la cocción; qué vergüenza que los mismos académicos, parte del régimen actual (y temporal), hayan olvidado el principio que rige nuestro mundo: la aceptación a la crítica, a quien disiente, a quien opina distinto.
Como académica e intelectual, estoy horrorizada y dolida.