Enrique Ayala Mora

Universidad amordazada

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La universidad es un espacio social para la reflexión. Es la sede de la razón, como lo pensaba Hernán Malo. Pero, con frecuencia, la universidad ecuatoriana se resiste a reflexionar sobre sí misma. Y en nuestros días también evita pensar y criticar la realidad en que está inmersa. Tiene un doble déficit en ese ejercicio de la crítica.

Aún más, bajo el peso del control y la imposición estatal, nuestra educación superior se ha cubierto de un manto de silencio respecto de la realidad social, justificado por la búsqueda de la excelencia, o por la necesidad de satisfacer las necesidades del mercado.

Por ello, también ha evitado definir lineamientos de acción y autoevaluación que den cuenta de su propia misión autónomamente asumida, para seguir sin chistar, con sumisión y temor, los parámetros de las acreditaciones y las decisiones, hasta de detalle, de los organismos estatales.

El control, la evaluación y la acreditación realizados por organismos oficiales no solamente son obligatorios, sino necesarios para las instituciones universitarias. No estamos en contra de ellos, ni de elevar el nivel académico.

Al contrario, los respaldamos con fuerza. Pero no podemos aceptar que las normas de los organismos de dirección y evaluación de la educación superior sean mecanismos de imposición de un modelo autoritario, donde los establecimientos se conviertan en instancias burocráticas sin dinamismo ni autonomía.

En nuestros días hay un inédito panorama de pesado silencio, que no se dio ni aún durante las dictaduras. Antes, luego de los atropellos se alzaron voces para defender a la “universidad ultrajada”, como lo constató Alfredo Pérez Guerrero. Ahora vivimos tiempos de la “universidad amordazada”. Desde luego que hay excepciones, pero son escasas. La gran mayoría de las instituciones ha optado por callarse. Han renunciado a la crítica.

Pero, de todas maneras, los centros superiores tienen el imperativo de pronunciarse sobre la realidad en que viven. Y tienen también la obligación de autoevaluarse, de ejercer la crítica hacia adentro. Porque los procesos de reforma no tendrán éxito si no parte de la propia experiencia y la deliberación autónoma.

En los últimos años se han dado algunos pasos en la reorganización del sistema universitario. Se ha realizado una necesaria depuración, se ha puesto las bases de una cultura de la evaluación de la calidad, se ha logrado regular las carreras, programas y titulaciones. Pero nada de eso tendrá resultados de largo plazo si no se mantiene y profundiza el respeto a la naturaleza de la ciencia, a la diversidad del conocimiento, a la autonomía universitaria. Y si, en consecuencia, no se rompe el silencio y se recobra y profundiza el ejercicio de la crítica en la relación de la educación superior con el Estado y la sociedad.

eayala@elcomercio.org