Óscar Vela

¿El único?

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21 de February de 2013 00:01

¿Cada día se multiplican las iglesias y los credos. Todas, las nuevas y las antiguas, aseguran ser la verdadera. Todas, sin excepción, afirman de modo categórico que el ser superior que veneran es el único. Todas, a lo largo de la historia, para desgracia de la humanidad, han perseguido, atacado y desacreditado a las demás iglesias y a sus miembros.

Hace pocos días en un artículo de EL COMERCIO, Marc-André Boisvert relataba los horrores que habían representado los enfrentamientos entre cristianos y musulmanes en Malí, en el África occidental. Allí, tras la victoria sobre los extremistas islámicos, se celebraban nuevamente las ceremonias religiosas cristianas en un templo en el que todavía se conserva, pintado sobre una pared, el mensaje: "Alá es el único". Y siguen revoloteando en nuestra memoria las espeluznantes imágenes de los atentados de Libia, entre muchos otros hechos sanguinarios que se han originado en la rabia de los musulmanes por las que, consideran, afrentas contra su profeta Mahoma.

Pero también constatamos a diario aquellas sentencias condenatorias tan cristianas, tan católicas, que caen sobre los pecadores que nos hemos apartado de la fe "única y verdadera", para encarrilarnos en distintos andariveles de la espiritualidad o las convicciones: en otros credos algunos, en el agnosticismo otros, o en el ateísmo puro unos cuantos.

Las persecuciones de carácter religioso han sido la constante de esta humanidad desquiciada por los dictámenes de sus distintos dioses. Lejos de promover de forma sincera el amor y la paz en el planeta, las iglesias se han entregado al reclutamiento de fieles para consolidar su poder político, social o económico.

Y al final, en este mundo mayoritariamente teocrático, todos de una u otra forma, estamos condenados. No importan ni el comportamiento ni las virtudes. No son relevantes las buenas acciones ni la purificación del alma, pues igual caerá sobre nosotros el rigor de la ley divina, ya sea porque no seguimos tal o cual fe, o porque no seguimos ninguna; ya sea porque no oramos de rodillas o por que lo hacemos hacia la divinidad equivocada; ya sea por orientación sexual o desorientación social.

Qué lejos se encuentran todas las iglesias de los principios morales de los verdaderos mártires y profetas que ha tenido la humanidad. Qué distantes se encuentran todas de las enseñanzas y humildad de aquellos seres que en base a la renunciación y al amor cambiaron la vida de los demás. Qué alejadas de sus fieles se encuentran las iglesias, arropadas por sus templos de oro que, aunque brillen por fuera, apestan por dentro a perversión, sangre y corrupción.

Tan lejos están que todas tienen un dios único y verdadero distinto de los otros, aunque casi siempre colérico, cruel y vengativo, ha sido creado, cómo no, a nuestra imagen y semejanza.