Fabián Corral

Umberto Eco

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Además de novelista, Umberto Eco fue un ensayista formidable e íntegro, que no dudó en poner en entredicho el papel de los medios de comunicación y en hacer demoledoras críticas a la televisión vinculada con el populismo mediático de Berlusconi.

Eco fue un pensador excepcional, y será un clásico.
De los textos breves de Eco, que son muchos, hay tres que mantienen sorprendente actualidad, ‘Cinco escritos morales’, ‘Construir al enemigo’ y ‘A paso de cangrejo’. Este último recoge artículos, reflexiones y decepciones escritos entre el 2000 y el 2006, que aluden al retroceso de las instituciones, la política, la sociedad y las ideas, al renacimiento de los fundamentalismos religiosos y raciales y a la nostalgia de los totalitarismos.

Dice Eco, “…los tiempos son oscuros, las costumbres corruptas y hasta el derecho a la crítica, cuando no lo ahogan las medidas de censura, está expuesto al furor popular”.
A propósito del pueblo, en un texto imprescindible -‘Sobre el populismo mediático’- Umberto Eco dice: “En realidad, el ‘pueblo’ como expresión de una única voluntad y de unos sentimientos iguales, una fuerza casi natural que encarna la moral y la historia, no existe.

Existen ciudadanos que tienen ideas diferentes, y el régimen democrático (que no es el mejor, pero suele decirse, es el menos malo), consiste en establecer que gobierne el que obtiene el consenso de la mayoría de los ciudadanos. No del pueblo, sino de una mayoría que, a veces, puede estar formada, no por el cómputo de las cifras sino por la distribución de los votos en un sistema uninominal.

Los elegidos representan proporcionalmente a los ciudadanos en el Parlamento. Pero el país no es el Parlamento (…) apelar al pueblo significa construir una ficción: teniendo en cuenta que el pueblo como tal no existe, el populista es aquel que crea una imagen virtual de la voluntad popular (…) otros pueden crear la imagen del consenso popular jugando con los sondeos o simplemente evocando el fantasma de un “pueblo”.


En otro texto, Eco reflexiona acerca de la necesidad de los países, políticos, iglesias y etnias de “construir al enemigo” a fin de afirmarse en un mundo en el que es preciso atacar al otro e inventar un adversario para justificarse. “Tener un enemigo es importante no solo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo respecto del cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo”.


Umberto Eco acaba de morir y deja lo que puede y debe dejar un intelectual auténtico: las ideas que enjuician a su tiempo, las que revelan sus retrocesos y sus angustias, 
las que expresan la invariable militancia por tesis que rompen los mandatos de lo ‘polí­ticamente correcto’.