César Montúfar

El tsunami social

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El correísmo inauguró una fase atípica de desmovilización de la sociedad ecuatoriana. Tal fue el nivel de expectativas de la revolución ciudadana que las calles, carreteras, plazas del país se quedaron por años prácticamente vacías y toda la iniciativa política se trasladó a la Presidencia. En gran medida, el monólogo vertical de las sabatinas capturó el imaginario de expresión política nacional por casi una década y la voz presidencial se arrogó representación total de las demandas de la sociedad.

Pero esa situación de desmovilización social, de captura estatal de las demandas y expectativas de la heterogénea sociedad ecuatoriana no podía prolongarse por mucho tiempo. Fue un momento atípico en las relaciones Estado-sociedad, las cuales, más bien, históricamente han presentado en el país una larga tradición de paros, huelgas, marchas, levantamientos, tomas y, más recientemente, plantones y caminatas, con los que los diversos sectores de la sociedad ecuatoriana le han dicho al poder sus demandas y lo que piensan de quienes conducen el Estado. Sabiamente, todos estos repertorios de movilización social reemplazaron en el Ecuador, a diferencia de nuestros vecinos, a la violencia social y política como medio de expresión de los sectores excluidos. Así, nuestro país se ha caracterizado por una enorme agitación y movilización social, que incluso ha tenido costos sobre su estabilidad política, sin optar por la violencia y la ilegalidad como mecanismos principales de participación. Como legado de la Gloriosa de 1944, en el Ecuador tuvimos una izquierda que se integró paulatinamente al estamento político nacional, junto a las organizaciones sindicales y campesinas en las que tenía presencia. En los setenta y ochenta, aquí se consolidó un muy activo movimiento sindical que tuvo un papel importante en el retorno democrático y en la resistencia social en contra del ajuste neoliberal. Desde los noventa, en el país se desarrolló un vigoroso movimiento indígena que proyectó una concepción plurinacional del Estado.

Como resultado aquí no se formó nada que se asemejara a las FARC o a la guerrilla colombiana, o peor algo que se pareciera a Sendero Luminoso. Y todo aquello, no como una creación estatal, no como regalo de algún caudillo, sino como producto de la movilización y lucha social.

Esa es la tradición que está reemergiendo en el Ecuador del presente. Una tradición enriquecida recientemente por la movilización ciudadana, básicamente de sectores medios y medios altos; actores fundamentales de la lucha ética y democrática que motivó el derrumbamiento del régimen político anterior al correísmo. Se trata, nuevamente, de una sociedad activa y movilizada, en pie de lucha; de una sociedad que no se deja atemorizar por los insultos del poder, que no se deja comprar con dádivas clientelares, que no trueca sus sueños por carreteras o propaganda. Si el correísmo no entiende aquello, si no asimila que lo que está y se le viene en las calles y carreteras del Ecuador es un acumulado de décadas de lucha, tarde o temprano será arrasado por el tsunami social que ya topa sus costas.