7 de March de 2011 00:00

Tronos de pacotilla

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Revoluciones de cartón, democracias de cuento, pueblos de mentira. Todo eso se ha construido para blindar el delirio del poder, que es la verdad final que se esconde detrás de las excusas, los socialismos y los “proyectos de salvación nacional”. Se han edificado dinastías despóticas en nombre de la justicia y a pretexto de la nación. Se han cavado trincheras en nombre de la Constitución. El mundo está lleno de “iluminados” que, en el secreto de sus conciliábulos y con la eficiente colaboración de sus cortesanos, resolvieron quedarse para siempre en sus tronos de pacotilla, designar herederos, suplantar a la gente y decidir sobre sus vidas, como pontífices de la felicidad.

El mundo está lleno de coroneles como Muammar Khadafy o Hugo Chávez, de comandantes como Castro, de generales y generalísimos, de duches y caudillos. El poder –su poder- es la voz que dicta y el grito que atropella, la libertad que se suprime, la opinión que se coarta. El poder es el delirio. El poder es, además, la capacidad de generar complicidades, de comprar silencios, de disparar al pueblo y de justificarse en nombre de la soberanía o de la religión, de la democracia o ideología. Esos poderes son la expresión del cinismo y la ceguera a que se puede conducir a un pueblo.

En momentos de confusión, los tronos de pacotilla reemplazan a las repúblicas y los dictadores sustituyen a los gobernantes. Entonces, la democracia se transforma en palabra vana, en rito vacío que justifica la supresión de las libertades y la manipulación de las conciencias. El mundo vive tiempos de confusión en que el Estado es la finalidad suprema, y la persona es un número, un comodín que solo obedece, calla o marcha en la columna de los serviles.

En esos tiempos de confusión, sin embargo, es oportuno señalar lo verdadero, aunque sea banderilla en el lomo del poder. ¿Cómo puede cerrar los ojos la gente responsable y la comunidad internacional frente a la represión de la dictadura libia? ¿Cómo puede el desenfreno tener amigos que abogan por la comprensión de la conducta del dictador? ¿Cómo puede confundirse nacionalismo con locura? Nada justifica semejantes actitudes, ninguna amistad anula la obligación de condenar lo que ocurre en un país gobernado por quien se cree el “guía supremo.”

Pero, si se lee el “Libro Verde”, publicado por Khadafy en 1975, aparecen las coincidencias entre el dictadr libio y las teorías de Chávez, de modo que los apoyos no son casuales. En el libro, el dictador desprecia a la democracia parlamentaria y preconiza la creación de la “Yamahiriya”, o estado de masas, inspirado en una suerte de democracia directa y comités populares. Ahora y quizá a tiempo, se ven los extremos a que llevan estos ensayos, y hasta dónde llegan las revoluciones, los cuentos nacionalistas y los delirios de grandeza. Hasta la represión, guerra civil y el desastre.

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