Alexandra Kennedy-Troya

Triste pedagogía

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17 de October de 2013 00:02

Para escribir este artículo no hice mi deber: investigar, confirmar datos, hacer una que otra entrevista, reflexionar y volver sobre los textos ya escritos. Me sale del estómago, no puedo evitarlo. Día a día los profesores nos encontramos con más y más documentos que llenar, sistemas de evaluación compleja que toma horas trazar, sylabos que deben indicar todas y cada una de las variables, algunas inentendibles, portafolios que necesitan de asistencia externa.

Entonces me pregunto, ¿qué tiempo y espacio nos queda para inventar nuestras clases, para crear herramientas que aúpe a alumnos y profesores a gozar con el conocimiento? Una clase, una, es un espacio revolucionario, un espacio inspirador, no importa cuál sea la asignatura. Una clase, una, es -o debe ser- un lugar de reflexión, un vuelo de sustanciosas ideas para soñar y poner en práctica nuevas formas para enfrentar los retos que nos vienen. La mejor sesión es aquella que improvisas, que te sales del libreto, que extiendes tus brazos para abrazar a la comunidad que te escucha por tu experiencia, pero que también está dispuesta a brindarte nuevas preguntas y respuestas.

Sir Ken Robinson expuso en el 2006 sus teorías en los maravillosos foros TED Talks (Tecnología, Entretenimiento, Diseño. Ideas dignas de difundir), sobre cómo las escuelas mataban la creatividad y arrancaban con supuestos que dejaban a ciertos estudiantes literalmente en el limbo, debido a que sus inclinaciones no calzaban con lo que el mundo (capitalista y neoliberal) espera de nosotros. Se trata, entonces, de potenciar no castrar. Nada, nada va a suceder con incrementar las exigencias de más y mejores títulos. Esto no te hace un docente mejor. Platón y Aristóteles enseñaban a sus estudiantes en un diálogo continuo; problemas que día a día iban dilucidando desde diversos lugares.

Reniego de las especialidades y las facultades especializadas. Estoy convencida de que el primer año universitario debe estar dedicado a la Filosofía, que el resto de años deben cruzar muchas asignaturas que complementan tu interés principal; que aprender es ampliar tu mirada, llenar la mesa de suculentos manjares que buscas engullir con deseo genuino, sin obligación.

Tomar lista de asistencia, exámenes inconsultos, lecturas poco creativas y reveladoras o trabajos poco interesantes, no es otra cosa que seguir un sistema caduco, con la creación de nichos de poder, jerarquizando el conocimiento… El docente debe ser un mago, un artista, un creador, alguien que suscita ideas, no las mata. ¿Cómo hacerlo en un momento en que lo que menos se desea es precisamente un profesor revolucionario y cuestionador? ¿Cómo, si no se apoya las humanidades sino aquellas profesiones "prácticas" que generan réditos económicos -no ideas- para el país?