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No me refiero a la película de Zack Snyder, que narra, como si de un nuevo comic se tratara, la batalla de las Termópilas entre los valerosos espartanos y los pérfidos persas. Me refiero a algo mucho más prosaico, no porque no sea importante, que lo es, ¡y mucho!, sino porque forma parte de nuestra vida cotidiana, acostumbrados como estamos a tragar piedras de molino sin apenas inmutarnos.

A mí, esta historia de los 300 millones desviados de los fondos de la reconstrucción de Manabí y Esmeraldas (dicen que lo mismo ha ocurrido en otras ocasiones) me inquieta y que me da dentera. En este caso, habría que cuidar tanto el dinero como la imagen.

Con miles y miles de hermanos y hermanas, benefactores y voluntarios de Caritas, gente extraordinaria que ha dado de lo que tenía y de lo que no tenía, hemos sacado adelante alimentos, vituallas, enseres y recursos, construido miles de casas y respaldado cientos de emprendimientos.

Y aunque otro impuesto nos parecía excesivo, hemos cumplido como buenos ciudadanos, fraternos y solidarios. Con buen espíritu y transparencia, sin lamentarnos, haciendo frente a la adversidad, confiando en Dios y convencidos de que el país saldría adelante, gracias a la colaboración de todos y a pesar de tantos destrozos.

Una vez más, la gente se entera de tales novedades a través de la prensa corrupta, tantas veces maldecida y denostada, pero el único medio que, a trancas y barrancas, nos dice la verdad.

¿Son fondos intactos? ¿Son fondos ociosos? ¿Son fondos reintegrados antes de que el escándalo les explote en las manos? Una vez más acaba siendo importante lo que menos importancia tiene. Lo grave es que muchas personas y familias siguen viviendo en carpas, que muchos servicios básicos siguen sin entregarse, que la zona cero de Manta y otras zonas cero siguen sin recuperarse y que comerciantes y hoteleros siguen pendientes de levantar cabeza y negocios.

¿Ociosos los dineros cuando todavía queda tanto por hacer, cuando hay obras todavía paralizadas? Más allá de las palabras solemnes, técnica y políticamente correctas, hay que acabar de invertir. Y no sólo. Hay que evitar la sospecha y el desencanto. No debería de haber dineros ociosos. En este, como en otros temas, queda la sensación de que hay que sacar dinero de donde sea, aunque se nos ponga cara de depredadores.

Provocar semejante sensación es un pésimo servicio a la sociedad y al Estado, pues es una expresión más del desequilibrio en el que vivimos. En medio de la loquera economicista y corrupta en la que nos hemos movido, ya sólo quedaba poner en duda el destino de los fondos de la reconstrucción. Ojalá que la Asamblea y los demás órganos de control ejerzan su tarea fiscalizadora y reconduzcan bien un tema tan controversial, tan sensible. No toquen ese dinero. Es de los pobres. Es sagrado.