Pablo Cuvi

Tremendo esfuerzo

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28 de junio de 2014 11:27

Los jóvenes tienen otra visión de nuestro fútbol. Cuando andaban todavía por el colegio miraron cómo la Selección se clasificaba al Mundial de Corea-Japón y hacía un papel decoroso, que cuatro años después subiría de nivel en Alemania. Era un Ecuador que jugaba de igual a igual, y en el llano, con los más linajudos rivales. A veces los vencía, como hiciera Liga Deportiva Universitaria cuando conquistó la Copa Libertadores del 2008 en el Maracaná y al año siguiente repitió la hazaña en los mismos escenarios y obtuvo la Copa Sudamericana. Todo empezaba a parecer tan normal y tan obvio que hasta los mayores olvidaban la enorme cantidad de sudor y coraje, de organización y unidad que hay detrás de cada campaña de esas.

En los albores del profesionalismo, allá por los años cincuenta, el panorama era totalmente distinto. Me acuerdo que un crack como Gem Rivadeneira, que hoy habría ganado millones, bajaba de El Dorado hacia el estadio de El Arbolito con el maletín al hombro, donde incluía los zapatos Pichurca sacados al fío. En esos días ni siquiera había un campeonato nacional y el regionalismo tenía un peso decisivo; Guayaquil mandaba y allá se jugaban las eliminatorias, que eran un desastre. Niño de escuela, acudí desde Manta al encuentro con Argentina en el flamante estadio Modelo. Hubo una sobreventa delictiva de boletos y en una incomodidad espantosa vimos cómo los argentinos nos metían 6 goles en el primer tiempo. En las siguientes eliminatorias para Inglaterra, cuando estuvimos al borde de clasificar contra Chile, sucedió algo peor. Los dirigentes guayacos prefirieron perder a incluir a un futbolista serrano en el equipo que jugó el desempate en Lima.

Salvo algunos superdotados como Polo Carrera o el Pibe Bolaños, la técnica, el profesionalismo o las condiciones físicas de la mayoría dejaban mucho que desear. No solo aquí. Un genio como Garrincha era fumador desde la infancia y alcohólico y en lugar de operarse encomendaba a una curandera su rodilla eternamente inflamada. El juego era más lento, los delanteros tenían tiempo de parar la pelota y colocarla desde el borde del área como quiso hacer Gambetita Arroyo, y quedó lamentándose al estilo de los cracks de entonces que actuaban para la tribuna, no para el árbitro.

Aquí será Draskovic, a principios de los noventa, el que pondrá énfasis en la preparación física y los jugadores se convertirán en atletas profesionales. Los sueldos irán subiendo, claro, pero también las exigencias. Y eso es generalizado. Un deportista de élite en el tenis, el básquet o el atletismo (acuérdense de la resistencia al dolor de Jefferson Pérez) fuerza su cuerpo más allá de lo saludable o lo sensato, movido por un espíritu competitivo que a veces hace cortocircuito como en el caso de Luis Suárez. No le justifico pero lo entiendo: echarte un país al hombro te hace perder la cabeza. ¿La verdad? Estamos pidiendo a estos muchachos más delo que pueden dar.