Marco Arauz

Trasplante de cabeza en China

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Hace 50 años, un joven cirujano sudafricano desató gran revuelo mundial al realizar por primera vez un trasplante de corazón humano. Christian Barnard y su equipo recibieron cartas de todos los rincones del planeta instándolo a no jugar a ser Dios. Hoy soy pocos los que se plantean un debate ético frente a este logro de la medicina.

No se puede decir lo mismo sobre el anuncio, para este mes en China, del primer trasplante de cabeza. Sergio Canavero y decenas de cirujanos interesados en colaborar se preparan para una operación que puede durar 36 horas y costar unos 15 millones de dólares.

El primer paciente de Barnard sobrevivió 18 días y, el segundo, 19 meses. Hoy se habla de que, aparte de las complicaciones quirúrgicas y de los debates éticos, la adaptación entre un cerebro y un cuerpo distintos podría provocar problemas impensados. Los trasplantes de manos son menos polémicos y complicados que el de cabeza y que el de corazón en su momento.

Como fuera, todas estas son buenas noticias para el país político local. Quienes, pese a las evidencias, siguen diciendo que tienen una mente lúcida, un corazón ardiente o unas manos limpias, que se chamuscaron de tanto ir al fuego, pueden someterse a unos trasplantes. Así nos evitaríamos seguir escuchando un discurso que busca defender los privilegios ganados.

Haber despilfarrado miles de millones de dólares a nombre de un cambio de matriz productiva que nunca se dio y fue susceptible a la corrupción a través de sistemas opacos; haber armado un complicado entramado institucional para asegurar el poder monolítico mientras se amordazó a la sociedad; haber utilizado el odio y la polarización como armas, es ciertamente maquiavélico pero no lúcido ni ardiente ni limpio.

El tercer principio de Newton, de la acción y la reacción, se aplica muy bien a la política y a su movimiento pendular: si un cuerpo actúa sobre otro con una fuerza, éste reacciona contra aquél con otra fuerza de igual valor, pero en sentido contrario. La sociedad expectante y a veces sumisa se desencantó desde hace rato del estilo autoritario basado en el desmesurado gasto.

Ahora que se ve la punta del iceberg, hay conciencia de lo que significa para todos el manejo irresponsable de la deuda pública. Ahora que se indaga una mínima parte de los agujeros negros, es más fácil mirar el pasado. Es llamativo que la ruptura haya venido desde adentro, tanto como que los responsables de la crisis sigan en estado de negación.

El ex presidente dejó su hibernación para constatar -ojalá lo haya hecho- que el país está en otro momento. Quizás los de las supuestas mentes lúcidas deben anotarse en la lista de espera y hacer otro viaje a China para un trasplante de cabeza.

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