Diario El Tiempo de Colombia

Tráfico de emigrantes

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El Representante Especial de la organización mundial para la migración internacional informó en el Consejo de Seguridad que en lo que va de este año han perdido la vida unas 1 800 personas intentando aquel pasaje (algunas en el estrecho de Sicilia, otras en el mar Egeo), lo que representa un incremento de veinte veces la cantidad de muertes en el mismo período del año pasado.

Aproximadamente un tercio de quienes intentan atravesar el Mediterráneo de esta manera son refugiados de Siria. A ellos se suman miles de refugiados políticos o personas que huyen de la miseria, provenientes de Eritrea, Somalia, Afganistán y otros países de Oriente Medio y de África.

Una vasta y compleja red de caminos e intermediarios unen aquel amplio hinterland de la miseria con la costa de Libia y sus puertos. Allí, los emigrantes muchas veces se embarcan en buques precarios y que viajan sobrecargados de personas. A cambio de un precio, por supuesto. La situación política en Libia, dividida en dos fracciones enemigas, favorece el trabajo de las mafias dedicadas al transporte clandestino de los emigrantes.

El Representante Especial dijo en el Consejo de Seguridad que la situación en el Mediterráneo representa -primero y antes de todo- una crisis de seguridad para los cientos de miles de refugiados y emigrantes en riesgo, los que arriesgan su vida para cruzar el mar, los que quedan atrapados y explotados en los países de tránsito, los que huyen de los conflictos, desastres naturales, y otras amenazas para sus vidas y medios de subsistencia. Tiene razón. El hecho fundamental es que la principal amenaza no es la que enfrentan los países de la Unión Europea, sino la que deben soportar quienes son expulsados de sus hogares por las crisis locales en su propio país. Crisis que, en más de un caso, fueron acentuadas por la inepta intervención de algunas potencias europeas (como la segunda invasión de Iraq y, más recientemente, la intervención en Libia).

En Asia suroccidental, los emigrantes clandestinos vienen de Bangladesh, uno de los países más pobres, y de la vecina Birmania. En este último caso se trata principalmente de personas que pertenecen a una minoría étnica y religiosa, los rohingya. Este pueblo de fe islámica es perseguido por el Gobierno birmano (la mayoría de la población de este país es budista). Como sucede en la costa del Mediterráneo, los emigrantes pagan un buen precio para hacerse a la mar en buques precarios, con la intención de llegar a Malasia o Indonesia.

Se piensa que actualmente se hallan a flote en el mar de Andamán unas 8 000 personas, intentando encontrar un puerto que los reciba.

Para llegar a Indonesia, las embarcaciones deben navegar cerca de la costa de Tailandia y Malasia. Los gobiernos de esos dos países les prohíben la entrada a sus puertos. El resultado es un mortífero juego de pimpón con seres humanos indefensos.

Juan Oribe Stemmer