Milagros Aguirre

La tormenta

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1 de August de 2013 00:01

Hace cuatro años una tormenta de esas de selva, de vientos fuertes y rayos estruendosos, derribó un árbol que cayó sobre una vivienda en Pacorumi, una comunidad indígena en la Amazonía. Producto del infortunio murieron tres niños y una joven pareja quedó postrada. El hijo sobreviviente, Marcelo, de apenas cinco años, tuvo que hacerse cargo de sus padres inválidos. Lleva cuatro años asistiéndolos, sacando fuerzas para ayudarlos. Como compensación, les dieron dos sillas de ruedas. Marcelo lo primero que hace en las mañanas es sentar a sus padres en las sillas. Solo que bajar al río a darse un baño, no es cosa sencilla con esos artefactos. También les dieron una casita que se envejeció pronto, tan pronto como las sillas, con un baño con inodoro, ducha, grifería, lavabo, y una silla para la ducha… todo eso sería útil si tuvieran conducción de agua o desagües, como suele hacerse cuando se construye un baño. Pero no. Este baño no tiene ningún conducto de agua. Quedó lindo para la foto. Eso sí, tienen un pequeño tanque para recoger el agua lluvia con la que se dan abasto para cocinar, bañarse, lavar ropa.

Dorian Andy tiene 38. Teresa Grefa, 31. Llevan cuatro años así, postrados. Por si fuera poco, los dos tienen que usar sonda permanente. Pero no hay profesional de la salud que se las cambie. Lo hacen el uno al otro, cada mañana. Cobran el Bono de Desarrollo Humano, 50 dólares cada uno. Pero para ir a cobrarlo, Dorian tiene que pagar 10 dólares a alguien que le ayude a llegar de la comuna -a 45 minutos de distancia en carro- a Coca, empujando la silla, ayudándolo a subirse a un taxi, ida y vuelta, cada mes.

Con los menos de 90 que les quedan para vivir, entre el taxi y el ayudante, la pareja ha ahorrado… ha comprado un frigorífico para vender bolos a los niños de la comuna cuando salen de la escuela.

¿El bono de discapacidad al que tienen derecho? En su carné dice que tienen 40 por ciento de discapacidad. Pero tienen 80 y no hace falta sino verlos para comprobarlo. Y no lo cobran. No lo han podido gestionar. Los trámites no son, tampoco, fáciles… evaluaciones, papeles, solicitudes, idas y venidas desde Pacorumi hasta Coca, sin contar con los cambios de funcionarios que hacen más lentas las cosas.

Dorian y Teresa se agarran de las manos y sonríen porque al mal tiempo siempre hay que ponerle buena cara. Son uno para el otro. Se dan fuerza el uno al otro. Teresa aún cierra los ojos invadida por el pánico cuando el cielo se pone negro y se avecina la tormenta. Marcelo, el niño, es su consuelo. Es un niño grande que aprendió que sus padres son lo primero, antes que el juego, que la pelota o que las tareas escolares.

Dicen que siempre, después de la tormenta viene la calma. En este caso, y en otros casos amazónicos, después de la tormenta lo que llegó es el olvido.