18 de April de 2010 00:00

Tocqueville

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Simón Alberto Consalvi

Regresar a las páginas de La Democracia en América resulta siempre un ejercicio esclarecedor. Me detengo en uno de sus capítulos: ‘La libertad de prensa en los Estados Unidos’. El primer periódico que Alexis de Tocqueville leyó al llegar en 1831 a Estados Unidos se llamaba Vicenne’s Gazette y sus ataques contra el presidente Andrew Jackson eran de tal naturaleza que el viajero francés consideró necesario registrarlos como una característica de la democracia estadounidense. ‘Donde no hay libertad, allí está mi patria’.

Registró este ejemplo: “En todo este asunto, el lenguaje de Jackson (el Presidente) ha sido el de un déspota sin corazón, preocupado únicamente por conservar su poder. La ambición es su crimen, y en ella encontrará su castigo. Tiene por vocación la intriga y la intriga confundirá sus designios y le arrancará su poder. Gobierna por la corrupción y sus maniobras culpables tenderán a su confusión y a su verguenza. Se ha mostrado en la arena política como un jugador sin pudor y sin freno. Ha triunfado, pero la hora de la justicia se acerca. Bien pronto le será preciso devolver lo que ha ganado, arrojar lejos de sí su dado engañador y acabar en algún retiro donde pueda blasfemar en libertad contra su locura, porque el arrepentimiento no es una virtud que haya sido permitida a su corazón conocer jamás”.

La cuestión impresionó al agudo observador de la sociedad estadounidense, y lo llevó a escribir una sentencia que se ha repetido con diferentes propósitos a lo largo de 170 y tantos años, y la cual reza: “Confieso que no profeso a la libertad de prensa ese amor completo e instantáneo que se otorga a las cosas soberanamente buenas por su naturaleza. La quiero por consideración a los males que impide, más que a los bienes que realiza”.

El episodio del ataque al presidente Jackson y la reflexión del escritor francés pueden ser útiles para entender la complejidad de las relaciones entre democracia y medios de comunicación social.

Es difícil encontrar un país de instituciones más fuertes que Estados Unidos y es dudoso también descubrir un país donde la prensa sea más independiente y, al propio tiempo, más agresiva. Tal vez no se ha dado un presidente que no haya sido sometido a tratamiento similar al de Jackson, desde Washington hasta Obama. Parece como si este cuestionamiento brutal, y a veces laborioso de entender, formara parte de un interés común: mantener al poder en jaque, y no permitir que sus vastos recursos puedan afectar a la sociedad abierta.

Si el regreso a Tocqueville puede ser punto referencial para comprender las relaciones entre democracia y libertad de expresión, no menos útil será al examinar el comportamiento de las dictaduras y de las autocracias.

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