Milton Luna

¿Tirapiedras?

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A propósito de los últimos incidentes, se reunió un grupo de “ex-Mejías”, los que entre indignación y nostalgia, lanzaron algunas reflexiones y recuerdos. Nos gustaba salir a las calles –dice Miguel-; estaba en la tradición colegial gritar públicamente nuestra indignación contra alguna injusticia social, y, si esto terminaba en la típica disputa con la Policía, qué mejor. Era una suerte de ritual lúdico en la que ingresaban con cierto gusto también los policías.

Por lo general –aporta con énfasis Wilfrido- los que provocaban la violencia irracional no éramos los estudiantes; muy probablemente eran los “pesquisas”, esos personajes de las “fuerzas de seguridad” que se infiltraban en las filas estudiantiles para azuzar a los más explosivos e ingenuos de los manifestantes, para que rompan parabrisas de autos particulares, vidrios de las casas vecinas, para que así termine la protesta en desmanes y vandalismo, creando el ambiente para que algún Ministro de Gobierno tuviera la justificación de salir a minimizar y desprestigiar la protesta estudiantil y justificar la represión: “Salen las fuerzas del Estado a preservar el orden y la paz pública a contener la acción de vándalos, manipulados, vagos y violentos”.

Recuerdan panas –señala emocionado Luis- de esa maniobra nos dimos cuenta en los años 70. Por lo que con un fino sentido político se dijo: “No más el juego con la Policía”. Y así fue, en la próxima movilización del Mejía, no caímos en la tentación de quedarnos en la lucha a pedradas con los gendarmes. La manifestación que salía del colegio debía dirigirse a los barrios. Un enorme grupo iba a San Juan, otro se dirigía a La Tola y a Luluncoto, otro al Centro Histórico y de paso se sacaba a marchar a los colegios que quedaban en el camino. Cada tres o cuatro cuadras el cortejo paraba para que un orador estudiantil explique a la población el contenido y sentido de la marcha. De esta manera la manifestación de “tirapiedras” y de “juego con la Policía”, se transformó en un dispositivo pedagógico masivo de “educación política” de los estudiantes y del pueblo.

Semejante viraje estratégico de la protesta –anota Miguel- fue resultado de una comprensión política madura del FRE y del MIR, cuyos militantes se convirtieron en dirigentes estudiantiles. La movilización debía motivar la integración y simpatía de otros sectores sociales, para transformarlos en aliados de la causa revolucionaria, en este caso, los barrios; y además, debía generar consciencia y organización popular: “Organizarse es comenzar a vencer! era la consigna. La “Guerra de los 4 reales” fue el resultado de este proceso.

¿Tirapiedras? Hay mucha historia no contada en nuestro país. La protesta social, a más de ser un derecho, es la gestora de un Ecuador más democrático y justo. El Mejía contribuyó a ello.

mluna@elcomercio.org