30 de May de 2010 00:00

Teoría de la nación

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Gonzalo Maldonado Albán

Los riesgos de tener un sistema paralelo de justicia -como intenta un sector indígena del país- son mucho más complejos de lo que uno cree. Una iniciativa como aquella es censurable no solo porque inobserva los derechos del acusado o porque incita a que nuevos grupos de personas -‘colectivos sociales’ les llaman ahora- también comiencen a exigir su propio régimen de penas para administrarlo entre sus miembros.

Si bien aquellos problemas ya son suficientemente difíciles, el inconveniente más grave de legitimar sistemas paralelos de justicia en el Ecuador es que se debilitarán los valores comunes que nos unen como nación. ¿Qué futuro vamos a tener como sociedad si quienes la conformamos no podemos suscribir unos mismos valores y creencias? Ninguno en absoluto.

Este problema político -el de la cohesión de las naciones mediante valores comunes- se remonta a la época de la Grecia antigua, pero tuvo su auge a finales del siglo XVIII, con el surgimiento del romanticismo. Isaiah Berlin, insigne historiador de la ideas, cuenta que todo empezó con la muerte de Aristóteles, a finales del siglo IV a. C.

Su filosofía y la de quienes le antecedieron -Sócrates y Platón, principalmente- abordó problemas vinculados con la vida pública y el comportamiento ejemplar en sociedad. Se daba por hecho que existía una esencia humana que era la misma para todos, independientemente de la cultura o de los rasgos físicos de las personas. Esa naturaleza humana común nos permitiría encontrar una noción universal sobre el bien y el mal y, por tanto, sobre la justicia.

Tras la desaparición de aquel pensador vino el ascenso del estoicismo que volcó su mirada hacia el interior de las personas, hacia lo que hoy llamamos su alma o su psique. Los valores no necesariamente se construyen en el ámbito público, sino también en el privado, dijeron los estoicos.

Aquella idea provocó un cisma sin precedentes porque cuestionó la existencia de una naturaleza humana común a todas las personas. ‘Si no hay una esencia humana común tampoco hay valores universales. Por tanto yo, como individuo, puedo crear mis propios valores’. Esta fue la conclusión a la que llegaron, siglos más tarde, pensadores del romanticismo como Herder y Fichte.

Llevada al extremo, esta idea pudiera llevar a un peligroso relativismo moral que se utilizaría para justificar excesos en nombre de unos valores individuales o de grupo. (Dostoievski reflexionó magistralmente sobre este dilema en su escalofriante ‘Crimen y castigo’).

¿Queremos sobrevivir como nación? Para ello tenemos que trabajar y suscribir un conjunto de valores comunes. Uno de ellos es el de la justicia.

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