Gonzalo Maldonado

Teoría de la corrupción

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¿Cómo saber si algo esta bien o mal? Unos dicen que la razón –ese poderoso mecanismo que hilvana causas y efectos– es la única herramienta que tenemos a mano para discriminar entre lo correcto e incorrecto.

Otros, como el filósofo David Hume, dicen que, además de la razón, los sentimientos juegan un rol esencial para vislumbrar el camino de la rectitud.
 Una inteligencia poderosa no es suficiente para ser moral, asegura el pensador escocés. Alguien podría entender, con absoluta nitidez, que un acto podría ser perjudicial para alguien y, aún así, estar dispuesto a cometerlo.


Para ser moral hace falta repudiar al mal, dice Hume. La sola posibilidad de cometer perjuicios debería revolverle el estómago a una persona. Esa repulsión debería manifestarse físicamente porque el cuerpo es el escenario donde se manifiestan los sentimientos.
Pero en Ecuador la corrupción no nos revuelve el estómago. No solo que la toleramos, hasta la vemos con buenos ojos, me atrevería a decir.

Es que todavía no aprendemos a repudiar al mal, replicaría Hume. En su “Investigación sobre los principios de la moral”, el filósofo no explica cómo educar a los sentimientos para que nos guíen por el camino correcto, pero sí describe cómo deberían ser: no desmedidos ni extremos sino prudentes y conscientes de su propósito. ¿Cuál propósito? Adquirir un acendrado sentido de la justicia.
Los actos justos se juzgan por la utilidad que generan a la comunidad y no solo al individuo. La propiedad –es decir, la riqueza– es el recurso más efectivo para beneficiar o perjudicar a los demás. Por eso –dice Hume– el objeto de la justicia es el correcto uso de la propiedad individual y pública.
Un rasgo siniestro de la sociedad ecuatoriana es que desdeña la propiedad.

Es siniestro porque, a primera vista, parece ser un signo de generosidad y desprendimiento social cuando en realidad es síntoma de desidia por la suerte de todos quienes conforman esa sociedad.
El desdén por la propiedad hace que miremos impasibles el desfalco de los fondos públicos. No nos duele la corrupción –no sentimos que sea inmoral– porque no hemos logrado apreciar que ese dinero es nuestro y que pudo haber servido para educar a nuestros hijos o curar a nuestros padres.
Al ser de nadie, la propiedad puede ser usada antojadizamente por quienes detenten el poder.

Cualquier protesta en contra merecerá burlas. Recuerden cómo los ideólogos del régimen “acusaban” de pensar como contadores a quienes criticaban el despilfarro cada vez más escandaloso del dinero público.


Cuando entendamos que cuidar la propiedad es un deber moral –más todavía si es de otros– tal vez transitaremos por el camino de la rectitud.

Entonces comenzaremos a repudiar al mal, la corrupción nos provocará vómito.