21 de March de 2010 00:00

Ante la tempestad

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Monseñor Julio Parrilla

Comprendo que en el tema del abuso sexual de menores por parte de sacerdotes católicos, el Papa esté profundamente afligido. Su aflicción es la que hoy sentimos todos los cristianos, sacerdotes y laicos, ante la repugnancia de semejante delito. Primero, por el dolor y el daño causado a las víctimas; después, por la quiebra de confianza que el tema genera. Siento que, en general, el sacerdote desempeña un papel paterno respecto de sus fieles, especialmente entre los niños.

Sin negar lo evidente, y situándome claramente a favor de las víctimas, quisiera no caer en la autoflagelación y poner un poco de objetividad en el debate. En la mayoría de los casos, la presentación que se hace del problema tiende a identificar Iglesia y pederastia. Lo cierto es que muchas de las situaciones que hoy vivimos de forma escandalosa son herencias de un tiempo que no deberíamos de olvidar. Un tiempo en el que las fronteras de la llamada ‘revolución sexual’ apenas se definían. Frente a esta revolución la Iglesia aparecía como una sociedad rígida cuando recordaba que no todo vale, que la moral personal está por encima de la satisfacción inmediata. Hoy, algunos de los miembros de la Iglesia han caído de forma lamentable en las aguas turbias de ese pozo negro.

La pederastia se ha convertido en una lacra inmoral y delictiva que afecta a miles de personas a través de la red, del turismo sexual o del abuso puro y duro.

El problema no es solo de la Iglesia, sino de todos. La Iglesia también lo sufre de forma dolorosa. Por eso no me parece justo que la Iglesia Católica se vea aislada como chivo expiatorio de todos estos sueños escandalosos que se hacían hace 40 años en ciertos ambientes alternativos. Decir que la culpa la tiene el celibato no es más que un abuso y, sobre todo, una peligrosa desinformación que protege a los culpables.

A cualquier pederasta hay que sentarlo delante de un juez. Pero habrá que hacer algo más: cuidar a las víctimas con justicia y compasión y tratar de curar a todos (agredidos y agresores) de sus heridas. No es fácil, precisamente por las connotaciones sociales, políticas, psicológicas y morales que el tema comporta. La sociedad en general y la Iglesia en particular deberían de echar mano de la observación responsable y de la reacción rápida ante cualquier anomalía. Cualquier responsable que hoy quisiera esconder debajo de la alfombra el problema habría perdido el juicio completamente.

Me adhiero a las palabras del Cardenal Bertone: “Las tempestades causan temor. También las que sacuden la barca de la Iglesia por culpa de los pecados de sus miembros. Pero de ellas puede llegar la gracia de la conversión y de una fe mayor”.

Dios lo quiera.

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