Marco Arauz

Temor a la sociedad civil

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La sociedad civil es diversa, desordenada, una suerte de plasma que fluye sin control, acicateada por el desarrollo de las redes sociales. Este Gobierno la había mantenido bajo relativo control durante años; pero de un tiempo a esta parte no sabe cómo moverse -y tampoco se esfuerza en cambiar de enfoque, aunque sea por pragmatismo- frente a los chicotazos que va sintiendo en varios frentes de la vida nacional.

Y no es que los miembros de Alianza País no hayan conocido a la sociedad civil; al contrario, muchos fueron parte de organizaciones no gubernamentales y militaron por causas civiles. Quizás por eso optaron por una reingeniería institucional que aseguraba la concentración de poderes el control de la participación ciudadana con el Quinto Poder. La tarea: frenar a las organizaciones sociales y ahogar las voces discordantes.

En un largo periodo, cuando la economía era favorable, la consulta popular fue convertida en la expresión más alta de la decisión ciudadana. Pero cuando en el pasado hubo peligro de que la tesis gubernamental perdiera, y ahora que el ciclo económico no coincide con el ciclo electoral, el discurso cambia. Eso no quiere decir, sin embargo, que la gente no se esté expresando diariamente de un modo caótico pero vigoroso sobre los temas que le interesan.

En los últimos meses ha pasado mucha agua bajo el puente. Parece que fue ayer cuando empezó un distanciamiento con la clase media, que ha llegado a un nivel de exasperación por motivos económicos o sociales y, por supuesto, políticos. Esa relación Estado-sociedad civil ahora es una gran coladera que saca de quicio a quienes se acostumbraron a gobernar con una sociedad civil controlada o en nombre de una sociedad civil cuya representación se arrogaron.

El presidente Correa sueña con una sociedad organizada bajo la legitimidad del del movimiento político. Y su discurso y el de sus ministros reflejan incomodidad con una sociedad civil trabajando por fuera de la estructura estatal en el caso de la ayuda a los damnificados del terremoto del 16 de abril.

Por supuesto que es necesario organizar y centralizar acciones, pero es innecesario descalificar a quienes no se alinean estrictamente con las reglas políticas u organizativas del Estado. Resulta sintomático que en el Comité de Reconstrucción no se haya dado espacio a los gremios y a la sociedad civil.

El Gobierno sigue usando su espacio de maniobra económica, política y propagandística, con el consiguiente desgaste, pero hasta hoy no contaba con las molestias que causa -que tiene derecho a causar- la sociedad civil. A ella es a la que se le pide ahora ser solidaria. Es ella, al final del día, la que legitima o deslegitima. Si se la hubiese considerado -o si se la considerara- como socia, no tendría por qué causar temor.