29 de March de 2011 00:00

Tasando el honor

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Antonio Rodríguez Vicéns

El ‘Quijote’, ha escrito en alguna parte Mario Vargas Llosa, es un canto a la libertad. Es una novela de hombres libres. En el capítulo 58 de la segunda parte de la clásica obra cervantina, don Quijote equipara, entre “los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos”, la libertad y la honra. Listo para proseguir sus andanzas, después de despedirse del duque, en un extenso diálogo con Sancho, su escudero, le dice: “Por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida'” El caballero manchego, mientras recorría los polvorientos caminos de España desfaciendo entuertos y socorriendo desvalidos, nunca habría renunciado a su libertad. Nunca habría puesto precio a su honra.

El idealista personaje cervantino es la encarnación de múltiples valores permanentes e intangibles (libertad, honor, solidaridad, rebeldía, justicia, honestidad), inherentes a una vida digna y trascendente. Cervantes creía que el hombre, que se dignifica defendiendo su libertad, se degrada limitando la de los demás. “No es bien que los hombres honrados -escribía- sean verdugos de los otros hombres'” Esa libertad, con la que “no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre” y que nos otorga la posibilidad de decidir sin presiones ni condicionamientos, en función exclusiva de nuestra inteligencia y voluntad, no se intercambia con una prebenda interesada o una dádiva clientelar.

Eran -podrán replicarme- otros tiempos: la sociedad actual, contradictoria y alienante, utilitaria y egoísta, concibe esos valores en una forma diferente. No estoy de acuerdo. El honor -la buena reputación, la honra, el prestigio- no puede ser tasado, como una simple mercancía, según el capricho interesado del supuesto ofendido o la subjetividad pusilámine de un juez. El político, como hombre público, está sujeto a la crítica y la denuncia, que constituyen derechos inalienables de los ciudadanos. Las posibles ofensas a su honor no se resarcen con dinero sino con el conocimiento de la verdad. Ni se reparan, aprovechando la protección y la impunidad del poder, con el insulto o con velados mecanismos de represión.

La persona que pone precio a su honor, como si fuera una vulgar mercancía, lo ha perdido. La utilización del poder, un poder concentrador y hegemónico, taimadamente amenazante, para obtener indemnizaciones pecuniarias por un supuesto daño moral, es un nefasto precedente. Es prostituir el poder. Es una forma burda de abuso, manipulación y atropello. Es una forma vergonzante de enriquecimiento. No hay -no puede haber- una resolución judicial independiente, ceñida estrictamente a los hechos, a las disposiciones legales y a la equidad, con jueces amedrentados, temerosos, preocupados más en la conservación de su cargo que en el imperio de la justicia y la verdad.

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