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28 de April de 2012 00:01

Un interesante viaje a Taiwán nos ha ofrecido la oportunidad de conocer de cerca los extraordinarios adelantos alcanzados por su pueblo gracias, en primer lugar, a su espíritu de trabajo, constancia y disciplina y, además, en virtud de la consolidación de sus instituciones democráticas y los nuevos aires de cooperación que soplan entre esa isla y la República Popular de China.

Hay que recordar que, cuando la guerra civil en China había dado el triunfo a Mao Tse Tung, el presidente Chiang Kai-shek se trasladó a la isla de Taiwán junto con una parte de sus soldados y más de un millón de ciudadanos. Con el apoyo de los Estados Unidos, organizó su gobierno y se preparó para defender a la isla de los avances de Mao. Taiwán se convirtió en un fortín militar inexpugnable. Los continuos incidentes militares en el estrecho que le separa del continente alejaron la posibilidad de encontrar una solución al complejo problema. En 1971, China continental fue internacionalmente reconocida y pasó a ocupar el puesto de miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, en reemplazo de los representantes de Chiang Kai-shek. Las políticas de Pekín y de Taipei, antagónicas e irreconciliables, ensombrecieron el panorama internacional amenazando la paz y seguridad de la zona.

Los evidentes cambios producidos en el campo internacional desde la última década del siglo pasado condujeron a la caída del Muro de Berlín y al fin de la Guerra Fría y ampliaron las posibilidades de cooperación entre todos los países, como consecuencia de la globalización. Estos indudables efectos positivos se han visto también en las relaciones entre los gobiernos de Pekín y Taipei. Los intereses de ambos pueblos, las exigencias de su desarrollo, las nuevas visiones económicas han inducido a la adopción progresiva de medidas de indudable pragmatismo que, aunque no implican modificación sustancial de sus respectivas posiciones políticas, están propiciando una nueva mentalidad social. En 2010, Pekín y Taipei firmaron un Acuerdo Marco de Cooperación Económica, poniendo así a trabajar juntas a China, la segunda potencia económica, con Taiwán, uno de los más reputados centros de la revolución nano-tecnológica. El comercio y el turismo han aumentado exponencialmente. Las inversiones mutuas son considerables y bienvenidas. Más de 500 vuelos semanales unen sus respectivas capitales. Las autoridades de ambos lados del estrecho marítimo han acordado tácitamente mantener en la refrigeradora sus divergencias de soberanía y trabajar para desarrollar sus relaciones económicas, dando prioridad a las aspiraciones de sus pueblos.

Todo induce a pensar que el camino -una muestra más de la sabiduría oriental- podrá abrir puertas de entendimiento más allá de lo económico y comercial.