Lenín Oña

Tábara universal

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Con su Colección Latinoamérica (Alianza Francesa, Quito) Enrique Tábara reconfirma una virtud notoria, presente desde sus inicios, apreciada por varios conocedores del arte moderno y contemporáneo: el inagotable don de renovación que caracteriza a sus indagaciones pictóricas. En efecto, hace más de treinta años Mario Monteforte en el libro Los Signos del Hombre le atribuía catorce “fases o épocas”.

Si alguna afinidad se puede encontrar a la obra de Tábara no será en la pintura sino en la poesía. En concreto en la de Hugo Mayo. En su ámbito respectivo, cada cual se esmera por permitir que fluya, libre y travieso, el subconsciente.

El pintor y el poeta se afanan en la exploración espontánea y personal del espacio y el tiempo, de la forma y la materia. Ambos se solazan en el arbitrario juego de violar lo establecido. Cada uno consigue estructurar mundos paralelos. Y lo hacen sin alardear de nada, pero sin dar tregua, sin esperar otra recompensa que la de haber apostado por un juego y haberlo sabido jugar.

Son conocidos los nexos que Hugo Mayo mantuvo con el dadaísmo, sin cuyo anclaje no habría desplegado el surrealismo, cantera plástica y literaria que no pasó inadvertida para Tábara. No en vano fue invitado por André Breton a participar en la exposición celebratoria del medio siglo de ese movimiento que estremeció la escena del arte.

A fines de los pasados 90 pude admirar, en el Museo de la Fundación Rufino Tamayo, una selecta exhibición de arte latinoamericano y lo que más me impactó fue el trío que daba la bienvenida a los visitantes. Al frente, se aposentaba el retrato de la esposa del pintor mexicano -obra de él, desde luego- y en paneles laterales, sendos cuadros de otros maestros: Roberto Matta y Enrique Tábara.

Por esos años en breve tertulia con interlocutores de nota como José Saramago, el nobel portugués, Federico Mayor, director de la Unesco, y Ántoni Tapies, el célebre informalista ibérico, escuché de este el sentido elogio que hizo de Tábara, su colega y amigo en Barcelona, y además el reclamo que le enviaba por no haber retornado a exponer en España, donde tanto se había apreciado su capacidad creativa.

Con ocasión de la muestra Otro Arte en Ecuador (Itchimbía, 2009), única antológica del conceptualismo ecuatoriano hasta ahora, conversando con Álvaro Medina, me enteré de su entusiasmo por la obra del artista guayaquileño, que la había estudiado durante meses en su taller y en varias colecciones. No olvido la rotunda afirmación del crítico colombiano: -La pintura de Tábara será entendida y justipreciada después de varias décadas y se le reconocerá el alto sitial que le corresponde en el ámbito latinoamericano y mundial.

Columnista invitado