Alfredo Vergara

Sylvia y Gonzalo

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Al entrar lo primero que atraía la vista era la nutrida serie de rostros retratados en blanco y negro que se encontraban esparcidos sobre las paredes. El lugar aún estaba medio vacío en esa media tarde de un miércoles. Por reflejo ocupé una pequeña mesa que se hallaba cerca y, mientras esperaba una taza de café, de uno en uno comencé a tratar de identificar los nombres de los personajes cuyos retratos adornaban las paredes. Todos parecían pertenecer al mundo de la literatura, de la música, del teatro y, en general, de la cultura y del arte. De algunos conocía sus nombres, pero me inquietaba constatar que la mayoría de esos rostros me eran desconocidos.

Esas reflexiones, matizadas con pausados sorbos de una segunda taza de café, poco a poco fueron sepultadas por el persistente murmullo de los grupos de gente que empezaron a entrar cuando la tarde comenzó a caer.

Pero ese murmullo también se desvaneció entre los nutridos diálogos que la mayoría de los asistentes emprendían en sus propias mesas o con algún conocido de la mesa vecina.

Pronto el lugar se inundó de palabras, risas, apretones de mano, abrazos y, por ahí en el fondo, alguna no tan discreta carcajada. Pero todo ese barullo cesó de repente cuando, desde algún micrófono, se anunció que la tertulia literaria iba a empezar. Y así fue.

A lo largo de unas plácidas horas, entre aplausos y comentarios, escuchamos a varios de los asistentes recitar inspiraciones propias o leer creaciones ajenas.

Cuando la tertulia terminó, un vecino de mesa me comentó que todos los días había una propuesta diferente y que él jamás se perdía el jazz de los sábados.

En los siguientes diez años, para llegar al café se me hizo rutina bajar las tres largas escalinatas y caminar el par de cuadras que me separaban de él.

Al salir, regresar por el mismo sendero y escalar las mismas escalinatas, sentía que cuerpo y alma retornaban renovados.

Pero esa rutina se quebró cuando me alejé varios años de mi Quito y de mi país.

Al regresar supe que el Cafelibro, previo a un ‘huasipichay’ que duró todo un mes, se había mudado a casa propia. Allí su espíritu de tertulias, talleres y bohemia, sigue siendo el mismo, aunque ahora en su decorado lo que predomina es una acogedora pista de exótica madera sobre la cual reinan por igual el tango, la salsa y otros sones, que logran aglutinar a todas las parejas en una sola danza de sentimientos y de amistad, de expresión individual y de complicidad grupal.

Hace poco la empresa cultural Cafélibro cumplió veinticinco años de una vibrante existencia conducida por sus fundadores y gestores: el matrimonio formado por Sylvia y Gonzalo; a quienes los habitantes de la Ciudad de Quito siempre les agradeceremos.

Columnista invitado