Susana Cordero de Espinosa

Dientes y dentaduras

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23 de mayo de 2014 23:21

Pasolini, ateo confeso, escritor y director de cine genial e infortunado, recibió del Vaticano el reconocimiento de su filme “El evangelio según San Mateo” declarado admirable por su fidelidad a las escrituras en los retratos de personajes evangélicos y de la figura de Jesús.

Sus rostros, de conmovedor realismo, eran totalmente distintos de las caras cursis y estereotipadas de vírgenes y santos que pueblan ciertas iglesias… Solo la virgen de Quito, pequeñita, adolescente, que quiere volar y esboza una media sonrisa coqueta, parece un ser humano; pero la ‘copiaron’ en horrible gris, colocaron el adefesio infinito sobre el ‘pancito’ redondo que mira a Quito, y nos hicieron el homenaje del mal gusto de una fe impuesta y triste.

Solo el diablo ganó. En el filme, Jesús caminaba, incansable, a orillas del Tiberíades, seguido por sus discípulos. La Virgen lo buscaba, y en su rostro sufrido de mujer humilde, nos estremeció la boca sin dientes.

Sobrecogidos por el realismo de su fisonomía, agradecimos esa devolución de humanidad a la madre tristísima, enfrentada a la condena a muerte de su único hijo. Su boca sin dientes… Y, sin freno ni lógica, recordamos el centavo que pagaban los macondinos por ver cómo el semblante de Melquíades, de ‘encías destruidas por el escorbuto, de mejillas fláccidas y labios marchitos’ se volvía ‘juvenil, repuesto, desarrugado, con una dentadura nueva y radiante’.

Entonces, ‘el pavor se convirtió en pánico cuando se sacó los dientes intactos, engastados en las encías, y se los mostró al público por un instante fugaz, en que volvió a ser el mismo hombre decrépito de los años anteriores, y se los puso otra vez y sonrió de nuevo con un dominio pleno de su juventud restaurada”. De niñas, asistíamos al milagro en el rostro de las tías: Sus dentaduras dormían en vasos nocturnos con enjuagues apropiados, y no era raro ver, al día siguiente, a la respectiva dueña, buscando la suya en alguna habitación de la grande y querida casa cuencana.

Ni lo era, oír a la Juana o a la Rosario responder: ‘andando le vi, ‘ña’ Carmencita’, que nos hacía morir de risa, al disimulo. Otra vez, aterrada, riendo hasta las lágrimas, vi una dentadura postiza en el hocico de un perro, que la había encontrado entre la tierra del jardín. ¿Quién la perdió, la escondió, la abandonó? Nunca dimos, ni con la imaginación, con su dueña o dueño, que para el caso, daba igual.

Hoy las llaman prótesis: fijas o movibles; ‘de quita y pon’ o solo de ‘pon’; para pocos dientes o para todos; de resina o de porcelana; inmediatas o pospuestas, -con las inmediatas, el paciente sale aún sangrante de la clínica, con el aire luminoso y juvenil de Melquíades- aunque hoy, ¡qué pena!, nada nos maraville, y nadie pagaría un centavo para ver al rejuvenecido, volver a envejecer y, nuevamente, rejuvenecer, hasta el fin…