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Albert Einstein preguntaba y se respondía a sí mismo: “¿Por qué la ciencia aplicada, que asegura nuestro trabajo y vuelve nuestra vida más fácil, nos ha traído tan limitada felicidad? La respuesta es simple: porque todavía no hemos aprendido a hacer de esta ciencia, un uso sensible”.

La sensibilidad, cuyo cultivo y afinamiento corresponde a la educación que desarrolla las potencialidades intuitivas y creativas infantiles, dirige a los niños hacia la naturaleza y hacia los otros seres humanos, en un movimiento de apertura solidaria; la creatividad enrumbada descubre al individuo su propia singularidad, mientras afina el sentido de su inserción en el mundo de los otros, y muestra la necesidad de construirse como seres humanos en un universo común. El ejercicio cotidiano de la capacidad de creación y recreación, de la mirada íntima y colectiva que permite, genera unanimidad respecto del sufrimiento de los demás, compasión sensible y guía la diversidad de aptitudes hacia la aspiración a un mundo más humano para todos.

Cabe insistir en que es indispensable entre nosotros la que llamaríamos ‘integralidad’ educativa; reconocer que necesitamos un sistema pedagógico y formativo que no solo se atenga a la transmisión del conocimiento racional científico-técnico, ¡y este, con enormes limitaciones!, sino que lo integre con el sentido de libertad creativa de que proveen la práctica y la apreciación de las diversas ramas del arte: “que abarque todos los modos de expresión individual, literaria, poética y musical basada en la armonía de los sentidos para constituir una personalidad integrada”. El aprendizaje de las materias fundamentales ligado a la práctica artística permitirá, desde el inicio, la valoración del juego, de la improvisación y la creación; la aceptación de la duda y la incertidumbre como fuentes de creatividad; la de las exigencias que conlleva la intuición sensible, y generará en la experiencia práctica, el anhelo de perfección que guía todo quehacer humano. En una palabra, dirigirá al individuo a la asunción responsable de su propia libertad.

“Es difícil /sacar noticias de un poema / pero los hombres todos los días mueren miserablemente / por no tener aquello que tienen los poemas”. ¿Qué creía el gran poeta William Carlos Williams que tienen los poetas y no, todos los hombres? Según estos versos sencillos y nobles, el creador se enfrenta a dos mandatos ineludibles: el de proveer a cada ser humano de la máxima lucidez sobre su condición, la de su pueblo y la de los otros pueblos, y el de procurar que esa luz, hecha conciencia en cada uno, contribuya a arrancarnos de la desgracia.

La posibilidad de salud de este mundo dividido radica en que la poesía –sinónimo de creación y esta, de arte- ocupe un lugar privilegiado en el pensamiento y el quehacer personal y universal. Pero, como afirma el ensayista J. Antonio Marina en su “Teoría de la inteligencia creadora”, ‘para asistir al nacimiento de una inteligencia creadora, nos conviene comenzar por los actos más elementales: ver, moverse, decir buenos días’...