Susana Cordero de Espinosa

Del otoño y el patriarca

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Releo la metáfora de pesadumbre que cuenta la vida otoñal del patriarca de todos los mundos, del que ganaba irremediablemente la lotería con las bolas numeradas de entre las cuales la que sacaba cada niño de los tres que completaban la cifra premiada había sido previamente helada, para que ninguno se equivocara al cantar la cifra que compondría el número del premio mayor que iba al patriarca de las manos femeninas invalidadas para los quirománticos, porque no tenían línea de la cabeza, ni del corazón, ni línea de la vida que anunciara cuánto duraría la existencia perpetua del hijo de su madre Bendición Alvarado, la mujer que nunca supo que era la más rica del mundo, pues la fortuna de loterías y herencias de los muertos a propósito, la de los baúles de dinero saqueados del caudal público, o la de la venta del mar que dejó un infinito arenal blanco de añoranza y soledad estaban a su nombre, mientras ella pintaba de azul las oropéndolas, y las veía colgar sus nidos en árboles de ramas horizontales, frente al inagotable mar Caribe de nuestras entrañas, y preveía los cuidados del hijo de su vientre intemporal, ¡ay!, sin posibilidad de contrición.

En un oriente de playas disímiles se hallaba el palacio patriarcal de muebles arzobispales, de leprosos en los patios y vacas que trepaban las escaleras de piedra ante el anuncio equivocado de la muerte del patriarca. En su serrallo de podredumbre se agotaban de desamor hetairas contrapuestas con sus recuas de sietemesinos: a ellas acudía para desocupar su gastada libido de macho, que se vaciaba con grititos decrépitos en la tristeza de su suerte de viejo yermo y despoblado, hasta cuando sintió el amor de consolación por Manuela Sánchez de su alma con una rosa en el costado, reina de oropel de un pobre barrio afuereño; fue a buscarla en la desazón de su pasión tardía, obligó a sus súbditos a crear la ilusión de un eclipse violeta en el cual enamorarla, y en la oscuridad de siempreviva de la noche fingida, Manuela Sánchez desapareció, dejando en su decrepitud la ilimitada sensación de tránsito hacia tierras de nadie, donde nadie le esperaría jamás por los siglos de los siglos de su gobierno de pudrición en el que nadie creía… Y pues no alcanzaba a morir del todo y volvía a ser visto e intuido en las deflagraciones en las que acababa con todo sospechoso de oposición, como acabó con los 2000 niños encerrados en un barco de regocijo que bogó hasta el centro de la mar océana aún no vendida, y fueron sepultados con una carga de dinamita, entre músicas de redención, mientras la Sociedad de Naciones averiguaba su paradero para refrendar el buen trato que recibían los infantes del país patriarcal.

¡Con qué alegría y belleza pinta GMárquez las cosas más tristes! El genio de nuestra lengua, gracias a las vidas de cabecillas de aquí y de allá, sufridos, releídos y revividos, creó el modelo de patriarca eternizado y lánguido, de esos que dan lecciones a la historia, que tanto tardamos en aprender los condenados de la Tierra.