Susana Cordero de Espinosa

‘Yo persigo una forma...’

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Estaconfesión es el título y las primeras palabras del hermoso soneto rubendariano con que culmina “Prosas profanas”…

Todos perseguimos una forma. Otra cosa es tener la gracia de saber que la buscamos o el don mucho más arduo de encontrarla, que se concede a pocos, dispersa, dividida, vacilante, siempre a la búsqueda de ella misma. Los grandes poetas dan a sus sueños y encuentran en la palabra con que los alumbran, esa forma inasible que persiguen: esto explica su permanencia, el amor que suscitan y el retorno incesante a sus versos de quienes, al leerlos, sintieron la voz poética como su propia voz, como un decir unánime.

Aeropuerto de Managua. En el avión, yo había puesto empeño en dibujar mejor mi letra imposible, para llenar el formulario de viajero; no tenía el nombre ni la dirección del hotel que me hospedaría, y puse una cruz en algo como ‘evento’, -el término que mejor interpretaba la razón de mi llegada a Nicaragua-. El joven que, a la salida, requirió mi pasaporte me preguntó inquieto, dónde me quedaría. Solo supe decirle que venía a las celebraciones en recuerdo del gran Darío. --¿Usted sabe sus versos!, me preguntó, emocionado, y cuando le dije que sí, me miró, me entregó el pasaporte, y sentí que el poeta me abría las puertas de su hermoso, delicado y profundo país.

Doña María Manuela Sacasa de la Selva, sobrina carnal de otro gran poeta, Salomón de la Selva, incansable promotora de estos encuentros anuales, me esperaba, junto con el director de la Academia Nicaragüense de la Lengua, don Francisco Arellano. Los invitados extranjeros, don Darío Villanueva, director de la Real Academia y presidente de la Asociación de Academias de la Lengua y los directores o representantes de las Academias de los países americanos más cercanos a Darío fuimos a León, ciudad de su infancia, a participar, no en un cónclave misterioso para especialistas, estudiosos y amantes del poeta, sino en la fiesta de todo un pueblo, cuya alegre y orgullosa presencia dio lustre a cada acto celebrado en honor de Darío, ya en el parque de la hermosa catedral, ya en calles y plazas, y en la casa –hoy museo- de la infancia dariana, la misma en la que Darío murió en 1916. Dieciocho estudiosos y académicos nicaragüenses y extranjeros iluminaron, desde imprevisibles ángulos críticos, la obra del genial poeta.

Pero lo más hermoso, lo que iluminó esos días de por sí resplandecientes –cielo azul, generoso sol- fue, para mí, escuchar la lectura que hizo ¡desde su celular!, un joven profesor de lengua de un remoto pueblecito nicaragüense, orgulloso de formar parte del grupo que acompañaba a los académicos en sus pasos por la ciudad: esperábamos la cena y llenamos el tiempo escuchando desde su hermosa voz inolvidables versos, entre ellos los que anunciaban, ya desde nuestra infancia, el indecible destino de la triste princesa de Sonatina:

“La princesa no ríe, la princesa no siente; / la princesa persigue por el cielo de Oriente / la libélula vaga de una vaga ilusión”…