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Entre montañas y abismos traqueteaba el camión, con la paila enorme en que llevaban la casa, en viaje a la capital. En Azogues, un terreno grande, sucio y sórdido fungía de terminal y Salinas, el antiguo administrador de la hacienda del abuelo, se les acercó minucioso para apersonarse ante la ña Alicita; la Juanita, gorda, blanca, recibía a los niños soñolientos.

¡Imposible que la ña Alicita y los niños pasaran la noche en una oscura fonda!: todo estaba listo en su casa, para el honor de recibirlos. La niña encontró dulces los abismos carnales de la Juanita al abrazarla, su olor a talco, su silencio. De su mano, atravesó la plaza y, mientras oía a su madre excusarse de aceptar las molestias que se infligirían por ellos, soñaba en la casa de pueblo, en la copiosa comida, previsible, dado el volumen del ama de casa.

En el patio de piedra triscaban gallinas y pavos; todo tenía aire de maravilla. A la izquierda del zaguán, se abría el salón de pesados muebles y cortinas; se prometían descubrimientos sin cuenta. En medio, una gran mesa exhibía, alrededor de un tazón enorme repleto de nata, fuentes, platos, platillos, panes, frutas y manjares. El Pepito, con sus doce años lentos, gordo y blanco, saludó tímidamente; la Juanita rellenaba con nata el pan blanco, los mestizos.

Los recuerdos transportaron a la madre a su inquieta juventud de entusiasmos cosmopolitas, inaceptables en tiempos en que los sueños femeninos alcanzaban a la ilusión de casarse para siempre con un muchacho de porvenir: ¡ella, sola, con cuatro niños, en un viaje tan largo! Las alabanzas del matrimonio dotaron a la madre de rara locuacidad.

El gordinflón feliz mostró a los dos pequeños el dormitorio con cinco camas de colchas brillantes; las pesadas cortinas, los lavatorios con sendas jarras de agua, las toallas limpias y fragantes. Ella, ahíta de estupores, solo quería acercarse al Pepito, ver sus juguetes, escuchar sus historias.

Pesaba ya la noche, bajo la luz de las Petromax; la madre llamaba a las hermanas, a su hermano y a ella, que admiraban la juguetería feliz del Pepito, hijo y heredero de tamaña grandeza. Salinas les deseaba buenas noches: había que despertarse apenas amaneciera, ¿qué querrán desayunar los huahuas, ña Alicita?...
La madre se deshacía en excusas, Salinas, en disculpas: ¡el doctor fue siempre un patrón tan respetado, tan patrón!.. Era un honor servir a su hija predilecta, la más querida, la más admirada del doctor, tan bueno...

Era hora de despedidas, y ella oyó nítidamente, cómo Salinas, al despedirse del Pepito rollizo, le pidió, casi rozándolo con su aliento, en lenta voz: “¡Hijito, antes dirte a dormir, dame una mucha!”.

Todo se perdió: se disiparon los vestigios de nata en los labios, la escalera de caracol, los pisos que crujían: el juego y la alegría, las carnes blancas de la madre, las cortesías reverentes de Salinas, la gordura del Pepito mimado, el dormitorio común. La niña se llenó de algo como una colosal tristeza: todo era grosero, insípido y falso, repelente y sin misterio... De una vez y para siempre, una sola palabra volvió la vidaprevisible y desconsolada.