Fernando Tinajero

El supremo recurso

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En algún lugar de América, 33 individuos violan a una niña de 16 años. Ella denuncia el hecho monstruoso en un video y declara: “No me duele el útero; me duele el alma”.

En alguna playa del mismo continente, dos jóvenes turistas se preparan para regresar a su país. Son abordadas por sujetos desconocidos que las drogan, las violan y las matan. Y todavía en algún otro lugar de la misma América, las víctimas de asaltos y homicidios son arrojadas a un reducto cerrado lleno de perros hambrientos y furiosos: lo que queda después de los destrozos es sumergido en grandes recipientes llenos de ácido. Más allá de América, en las mismas aguas que atravesó a Ulises, todos los días mueren viejos y niños, mujeres y varones de todas las edades que solo querían encontrar un lugar para recibir el sol sin escuchar el sordo ruido de las bombas.

Y la lista sigue, y sigue interminable. La crónica roja de los diarios, que antes solía relegarse a la última página, hoy ha saltado a la primera plana y llega a ocupar más de la mitad de los espacios noticiosos de las televisoras y las emisoras radiales. La gente oye esas noticias, o las lee, con la indiferencia con que suele oír la lluvia interminable, dice “qué horror” y pasa a otra cosa.

Me pregunto entonces qué ha pasado con el ser humano. Eufórico al descubrir que la razón le permitía conocer los secretos del mundo y la materia, se prometió a sí mismo construir la más alta civilización y no paró en su empeño. Ha conquistado, ciertamente, grandes progresos en su incesante afán de desvelar todos los misterios, pero los ha conquistado en medio de la peor barbarie y se ha olvidado de sí mismo. Convertido en un monstruo de crueldad, despiadado, ha seguido un camino ‘triunfal’ a través de una historia que chorrea sangre por todas partes y hoy se encuentra amenazado por su propio poder.

El ser humano está enfermo. Su mundo lleno de abalorios, ensordecido por artefactos mecánicos o electrónicos y por ruidos cuya reproducción se ha convertido en un negocio lucrativo, no tiene tiempo de pensar ni de pensarse. Vive para ganar dinero; busca acumularlo por todos los medios posibles, amontona basura material que hace ya irrespirable el ambiente y basura moral que embota su capacidad para discernir los valores.

¿Hay curación para este enfermo terminal?
Quisiera conservar la esperanza, pero cada día, al enterarme de hechos semejantes a los que están citados, verifico que la mía es cada vez más pequeña. Ni las religiones, ni las filosofías, ni los sistemas políticos o económicos han logrado devolver al ser humano la grandeza de su propio ser. Quizá solamente le vaya quedando un recurso, que es el arte, y sobre todo la música y la poesía, es decir, aquello que solemos considerar como inútil y apenas tolerable. Lo pienso y me deprimo.

Para no caer en la desesperanza, me refugio en un motete de Bach que suele salvarme cada vez que así ocurre, y vuelvo a leer las cartas y poemas de Nazim Hikmet.