5 de July de 2010 00:00

Sudáfrica

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Jorge Pareja Cucalón

A propósito del campeonato mundial de fútbol de Sudáfrica, recordamos la historia de una nación que supo encontrar la reconciliación y un camino para el futuro. En 1994 parecía que el país se enfilaba a un precipicio de violencia racial que terminaría, como el caso de otras ex colonias europeas en África, con la salida de los blancos y una administración negra caótica y corrupta como la de Mugabe.

En 1918 nace Nelson Mandela, uno de los 13 hijos del Consejero de la casa real de Thembu y nieto del rey de Ngubengruka. Recibió una educación que a pocos de sus compañeros les era permitida. Cursó derecho en Ford Hare University, institución para estudiantes no-blancos, siendo expulsado de ella por sus actividades políticas en el tercer año, recibiéndose de abogado al completar sus estudios por correspondencia.

Desde 1944 participa activamente en el ANC (Congreso Nacional Africano) y radicaliza su activismo ante la matanza de Sharpeville, en donde la Policía blanca disparó a mansalva sobre la multitud cobrando 69 vidas. Después de sufrir varias condenas menores por terrorismo, Mandela fue finalmente encarcelado en la prisión de Robben Island y condenado a 27 años de trabajos forzados. Allí fueron sentenciados a la horca muchos ‘terroristas’ por el régimen blanco de Pretoria, entre ellos John Harris, un sudafricano de origen británico. La política del Apartheid, oficializada en 1948, separaba a la población entre blancos, negros, mestizos, y asiáticos. Gandhi, una de las grandes figuras del siglo pasado, fue su víctima. Cuando Mandela, liberado de la prisión por las autoridades blancas gracias a la política de Le Clerk, ganó las elecciones presidenciales en 1994, todo el país esperaba la venganza negra ante varios siglos de esclavitud, vejámenes, muertes y arbitrarias órdenes de encarcelamiento. El nuevo Presidente, con una clara visión de reunificación, dedicó su esfuerzo a reconciliar las diferentes facciones de la sociedad, con tres cuartas partes de población negra y mestiza, y el saldo de blancos de origen británico u holandés, logrando su objetivo de unificar a una gran nación de 49 millones de habitantes gracias a su capacidad de estadista, generosidad y extraordinaria calidad humana.

Mandela construía y reconciliaba, Mandela unió a su país. Mandela perdonó siglos de maltrato y esclavitud. Mandela permitió la más absoluta libertad de expresión. Mandela propició siempre el diálogo. Los discursos de Mandela estaban plenos de conceptos sin el fácil recurso del adjetivo ¡Qué grandeza la de Mandela! ¡Qué ejemplo para nuestra democracia! El gran líder africano y mundial se condujo como un verdadero estadista, alejado de la pequeñez del populismo y la demagogia, tan en boga en la Sudamérica de hoy.

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