Gonzalo Ruiz

La sonrisa de Álvaro

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Era habitual ver a Álvaro Pérez, temprano, por la mañana, ataviado de un calentador y con audífonos sintonizando los programas de noticias y debates cotidianos. Sus caminatas partían de su casa, en la Avenida Eloy Alfaro, que habitó durante muchos años. Era la terapia aconsejada por los médicos para conservarse en buen estado físico y combatir el fantasma del infarto que le acompañó desde 1981, cuando sobrevivió al primero y crítico episodio que le causó, 35 años después, su desenlace fatal el 2 de agosto.

Siempre recuerdo las anécdotas del ‘Piñufla’, simpático personaje quiteño, padre de Álvaro y que formaban parte de los ‘chuscos’ recuerdos que su prima, mi abuela Carmela Pérez, conservaba con alegría.

Su hijo, emprendedor desde joven combinó la práctica deportiva con mil y un ideas y negocios desde un pequeño cine de barrio hasta una fábrica de gaseosas de fama. Estudió derecho pero no lo quiso ejercer, entró en la política por la influencia de su suegro, Eduardo Salazar Gómez fue, y como él mismo remarcaba, por vocación de servicio, siempre por elección popular.

Liberal de estirpe fue dirigente y concejal de Quito, luego le cautivó la Prefectura de Pichincha en la que ganó como parte de un movimiento político que había nacido como escisión del Partido Liberal: era la Izquierda Democrática que luego alcanzara protagonismo nacional con su líder y presidente Rodrigo Borja, una de sus amistades de juventud. La obra clave, que por entonces muchos criticaron con encono, fue la Autopista al Valle de Los Chillos, una obra, como muchas imaginadas por Álvaro Pérez, visionarias y sin la cual la conexión entre Quito y sus satélites sería imposible.

Además se cuenta entre sus proyectos a Vía a la Mitad del Mundo, que lleva el nombre de so amigo, compañero de Movimiento y luego rival , Manuel Córdova Galarza.

El paso por ID fue fugaz y tras distancias ideológicas con la línea política decidió volver a sus orígenes para postularse a la Alcaldía de Quito que ganó y por cuyo paso se le recuerda con respecto. Dejó huella, y es cosa complicada dado el talante de los vecinos de Quito y la bien ganada fama de una ciudad con buenos alcaldes, como fueron Jaime del Castillo, Sixto Durán Ballén, y luego Rodrigo Paz, para mencionar a algunos ya lejanos en el tiempo y que escribieron su nombre, junto con el de Álvaro Pérez en un sitial preponderante.

En su biblioteca Álvaro guardaba como tesoro el Plan 2020. La ciudad de ese futuro que ya nos llega. Pensó el Metro - he visto los bocetos - y otras obras trascendentes.

La política le llevó al Congreso. El declive de su partido lo acercó al partido Social Cristiano bajo cuya lista participó en las campañas hasta la última, en la fórmula presidencial con Xavier Neira en 2002. Siempre fue abierto a las entrevistas periodísticas aún en momentos polémicos pero después de tiempo de acercamientos apenas el año pasado le conocí más profundamente. Su lema de campaña fue Álvaro Cumple. Quito hoy le dice adiós y gracias.